La fugitiva

La fugitiva

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Una de las virtudes de los celos es la de revelarnos hasta quĂ© punto la realidad de los fenĂłmenos exteriores y los sentimientos del alma son algo desconocido que se presta a mil suposiciones. Creemos saber exactamente las cosas y lo que piensan las personas, por la sencilla razĂłn de que no nos preocupan, pero, en cuanto sentimos el deseo de saber, como le ocurre al celoso, entonces se trata de un caleidoscopio vertiginoso en el que ya no distinguimos nada. ÂżCon quiĂ©n, en quĂ© casa, quĂ© dĂ­a —aquel en que me habĂ­a dicho tal cosa, en que, segĂşn recordaba, habĂ­a dicho yo durante el dĂ­a esto o lo otro— me habĂ­a engañado Albertine? No lo sabĂ­a. Tampoco sabĂ­a quĂ© sentĂ­a por mĂ­, si estaba inspirado por el interĂ©s, por el cariño y, de repente, recordaba determinado incidente insignificante: por ejemplo, que Albertine habĂ­a querido ir a Saint-Martin-le-VĂŞtu, porque, segĂşn decĂ­a, aquel nombre le interesaba y tal vez simplemente por haber conocido allĂ­ a alguna campesina, pero de nada servĂ­a que AimĂ© me hubiera comunicado las informaciones de la encargada de las duchas, pues Albertine iba a ignorar eternamente que asĂ­ habĂ­a sido, ya que en mi amor a Albertine la necesidad de saber siempre habĂ­a sido menor que la necesidad de demostrarle que sabĂ­a. Es que asĂ­ se anulaba entre nosotros la separaciĂłn de ilusiones diferentes, si bien nunca dio como resultado que me quisiera más, sino al contrario. Ahora bien, desde que habĂ­a muerto, la segunda de esas necesidades estaba —mira por dĂłnde— amalgamada con el efecto de la primera: imaginar la conversaciĂłn en la que me habrĂ­a gustado comunicarle aquello de lo que me habĂ­a enterado tan acaloradamente como aquella en que le habrĂ­a preguntado por lo que no sabĂ­a, es decir, verla junto a mĂ­, oĂ­rla responderme con afabilidad, ver sus mejillas volver a hincharse, sus ojos perder la malicia y cobrar tristeza, es decir, seguir amándola y olvidar la furia de mis celos en la desesperaciĂłn de mi aislamiento. El doloroso misterio de esa imposibilidad de no hacerle saber nunca aquello de lo que me habĂ­a enterado y basar nuestras relaciones en la verdad de lo que acababa de descubrir (y que tal vez sĂłlo hubiera podido descubrir porque estaba muerta) substituĂ­a el misterio más doloroso de su conducta por su tristeza. ¡CĂłmo! ¡Haber deseado tanto que Albertine, quien ya no existĂ­a, supiese que yo me habĂ­a enterado de la historia de la sala de las duchas! Era una más de las consecuencias de esa imposibilidad en que nos encontramos, cuando tenemos que reflexionar sobre la muerte, imaginar algo diferente de la vida. Albertine ya no existĂ­a, pero para mĂ­ era la persona que me habĂ­a ocultado sus citas con mujeres en Balbec y creĂ­a haber logrado ocultármelas. Cuando pensamos en lo que ocurrirá despuĂ©s de nuestra muerte, Âżacaso no proyectamos por error a nosotros mismos vivos en ese momento? ÂżY acaso es mucho más ridĂ­culo, en una palabra, lamentar que una mujer que ya no existe ignore que nos hemos enterado de lo que hacĂ­a seis años atrás que desear que dentro de un siglo, cuando hayamos muerto, siga hablando el pĂşblico favorablemente de nosotros mismos? Si bien hay más fundamento real en lo segundo que en lo primero, no por ello dejaban de deberse los pesares de mis celos al mismo error Ăłptico que en los demás hombres el deseo de gloria pĂłstuma. Sin embargo, si bien esa impresiĂłn de lo que de solemnemente definitivo habĂ­a en mi separaciĂłn de Albertine habĂ­a substituido por un momento a la idea de esas faltas, no hacĂ­a sino agravarlas, al conferirles un carácter irremediable. Yo me veĂ­a perdido en la vida como en una playa ilimitada en la que estaba solo y en la que, siguiera la direcciĂłn que siguiese, nunca la encontrarĂ­a. Por fortuna, encontrĂ© muy a propĂłsito en mi memoria —pues siempre hay toda clase de cosas, unas peligrosas, otras saludables, en ese revoltijo en el que los recuerdos sĂłlo se van aclarando uno por uno— y descubrĂ­ —como un obrero el objeto que le será Ăştil para lo que quiere hacer— unas palabras de mi abuela. A propĂłsito de una historia inverosĂ­mil que la duquesa habĂ­a contado a la Sra. de Villeparisis, me habĂ­a dicho: «Es una mujer que debe de tener la enfermedad de la mentira». Aquel recuerdo me resultĂł de mucha ayuda. ÂżQuĂ© alcance podĂ­a tener lo que habĂ­a dicho la encargada de las duchas a AimĂ©, en vista de que, a fin de cuentas, no habĂ­a visto nada? Se puede ir a tomar duchas con amigas sin que por ello se deba pensar en malas acciones. Tal vez la encargada de las duchas, para jactarse, exagerara a fin de obtener una mayor propina. Yo habĂ­a oĂ­do a Françoise sostener en cierta ocasiĂłn que mi tĂ­a LĂ©onie habĂ­a afirmado delante de ella tener «un millĂłn que gastar al mes», lo que constituĂ­a una autĂ©ntica locura, y, en otra ocasiĂłn, que habĂ­a visto a mi tĂ­a LĂ©onie dar a Eulalie cuatro billetes de mil francos, cuando, en realidad, un billete de cincuenta francos plegado en cuatro me parecĂ­a ya poco verosĂ­mil, y asĂ­ buscaba yo y poco a poco logrĂ© deshacerme de la dolorosa certidumbre que tanto me habĂ­a costado adquirir, bamboleándome siempre entre el deseo de saber y el miedo a sufrir. Entonces pudo renacer mi cariño, pero al instante, junto con ella, la tristeza de estar separado de Albertine, con lo que tal vez me sintiera aĂşn más desdichado que en los momentos recientes en los que lo que me torturaba eran los celos, pero Ă©stos renacieron de pronto al pensar en Balbec, por haber vuelto a ver de repente y por casualidad la imagen —que hasta entonces nunca me habĂ­a hecho sufrir y me parecĂ­a incluso una de las más inofensivas de mi memoria— del comedor de Balbec por la noche con toda aquella poblaciĂłn amontonada al otro lado de la vidriera, como delante del cristal iluminado de un acuario, conglomerado en el que se rozaban (nunca se me habĂ­a ocurrido) las pescadoras y las hijas del pueblo con las pequeñas burguesas envidiosas de aquel lujo nuevo en Balbec —y del que, si no la fortuna, al menos la avaricia y la tradiciĂłn privaban a sus padres—, entre las cuales estarĂ­a, seguro, casi todas las noches Albertine, a la que yo no conocĂ­a aĂşn y que tal vez se ligara allĂ­ a alguna muchacha con la que se reunirĂ­a unos minutos despuĂ©s en la obscuridad, en la arena, o en una cabina abandonada, al pie del acantilado. DespuĂ©s la que renacĂ­a era mi tristeza: acababa de oĂ­r como una condena al exilio el sonido del ascensor que, en lugar de detenerse en mi piso, seguĂ­a subiendo. Sin embargo, la Ăşnica persona cuya vista podĂ­a yo haber deseado nunca más vendrĂ­a: estaba muerta. Y, aun asĂ­, cuando el ascensor se detenĂ­a en mi piso, mi corazĂłn palpitaba y por un instante pensaba yo: «¡Si todo esto fuera un simple sueño! Tal vez sea ella, va a llamar, vuelve, Françoise va a entrar a decirme con más espanto que cĂłlera, pues es más supersticiosa aĂşn que vengativa y temerĂ­a menos a la viva que a la que tal vez considere una resucitada: “El señor nunca adivinarĂ­a quiĂ©n ha venido”». Yo intentaba no pensar en nada, coger un periĂłdico, pero la lectura de aquellos artĂ­culos escritos por personas que no sentĂ­an un dolor real me resultaba insoportable. Uno decĂ­a sobre una canciĂłn insignificante: «Dan ganas de llorar», mientras que, si Albertine hubiera vivido, yo la habrĂ­a escuchado con mucha alegrĂ­a. Otro, pese a ser un gran escritor, por haber sido aclamado al apearse de un tren, decĂ­a que habĂ­a recibido muestras de simpatĂ­a inolvidables, mientras que yo, si las hubiese recibido, ni siquiera habrĂ­a pensado un instante en ellas, y un tercero aseguraba que, sin la enojosa polĂ­tica, la vida de ParĂ­s serĂ­a «absolutamente deliciosa», mientras que yo sabĂ­a perfectamente que, aun sin polĂ­tica, esta vida sĂłlo podĂ­a resultarme atroz y me habrĂ­a parecido deliciosa, aun con polĂ­tica, si hubiera vuelto a ver a Albertine. El cronista cinegĂ©tico decĂ­a (era el mes de mayo): «Esta Ă©poca es en verdad dolorosa o, mejor dicho, siniestra para el verdadero cazador, pues no hay nada, absolutamente nada, a lo que disparar», y el cronista del «SalĂłn»: «Ante esa forma de organizar una exposiciĂłn, sentimos un inmenso desánimo, una tristeza infinita…». Si bien la fuerza de lo que sentĂ­a yo me presentaba como mendaces y pálidas las expresiones de quienes no tenĂ­an felicidades ni desdichas verdaderas, las lĂ­neas más insignificantes que se podĂ­an relacionar, por remotamente que fuera, con NormandĂ­a o Niza o con los establecimientos hidroterápicos o con la Berma o con la princesa de Guermantes o con el amor o con la ausencia o con la infidelidad, volvĂ­an, en cambio, a colocar bruscamente delante de mĂ­, sin que hubiese tenido tiempo de apartarme, la imagen de Albertine y volvĂ­a a echarme a llorar. Por lo demás, habitualmente ni siquiera podĂ­a leer esos periĂłdicos, pues el simple gesto de abrir uno me recordaba a la vez que hacĂ­a otros semejantes cuando vivĂ­a Albertine y que Ă©sta ya no vivĂ­a; los dejaba caer sin fuerzas para abrirlos hasta el final. Cada una de las impresiones evocaba otra idĂ©ntica, pero herida, porque se habĂ­a suprimido de ella la existencia de Albertine; de modo, que nunca tenĂ­a valor para vivir hasta el final aquellos minutos mutilados. Incluso cuando poco a poco fue dejando de estar presente en mi pensamiento y omnipotente en mi corazĂłn, sufrĂ­a de pronto, si debĂ­a entrar —como en la Ă©poca en que ella estaba allí— en su habitaciĂłn a buscar luz o a sentarme junto a la pianola. Durante mucho tiempo viviĂł —dividida en diosecillos familiares— en la llama de la vela, el pomo de la puerta, el respaldo de una silla y otras esferas más inmateriales, como una noche de insomnio o la emociĂłn que me infundĂ­a la primera vista de una mujer que me habĂ­a gustado. Aun asĂ­, las pocas frases que mis ojos leĂ­an en un dĂ­a o que mi pensamiento recordaba haber leĂ­do me infundĂ­an con frecuencia unos celos crueles. Para ello, no necesitaban tanto brindarme un argumento válido a favor de la inmoralidad de las mujeres cuanto devolverme una impresiĂłn antigua vinculada con la existencia de Albertine. Entonces, sus faltas, transportadas a un momento olvidado cuya intensidad no habĂ­a debilitado para mĂ­ la costumbre de pensar en ellas y en el que aĂşn vivĂ­a Albertine, cobraban un cariz más cercano, más angustioso, más atroz. Entonces volvĂ­a a preguntarme si las revelaciones de la encargada de las duchas eran falsas. Una buena forma de saber la verdad habrĂ­a sido la de enviar a AimĂ© a Touraine a pasar unos dĂ­as cerca de la quinta de la Sra. Bontemps. Si a Albertine le gustaban los placeres que una mujer obtiene con las mujeres, si me habĂ­a abandonado para no verse privada por más tiempo de ellos, nada más quedar libre debĂ­a de haber intentado entregarse a ellos y haberlo logrado en un paĂ­s que conocĂ­a y que, si no hubiera pensado encontrar en Ă©l más facilidades que en mi casa, no habrĂ­a elegido para retirarse. Seguramente nada tenĂ­a de extraordinario que la muerte de Albertine hubiera cambiado tan poco mis preocupaciones. Cuando nuestra amante está viva, una gran parte de los pensamientos que constituyen lo que llamamos amor se nos ocurren durante las horas en que no está junto a nosotros. AsĂ­, nos acostumbramos a tener de objeto de ensoñaciĂłn a una persona ausente y que, aunque sĂłlo lo estĂ© unas horas, durante ellas es un simple recuerdo. Por eso, la muerte no cambia gran cosa. Cuando volviĂł AimĂ©, le pedĂ­ que saliera para Châtellerault y, asĂ­, puedo decir que todo aquel año mi vida siguiĂł colmada —no sĂłlo por mis pensamientos, mis tristezas, la emociĂłn que me inspiraba un nombre asociado, por remotamente que fuera, con cierta persona, sino tambiĂ©n por todas mis acciones, por las investigaciones que hacĂ­a, por el empleo que daba a mi dinero— por un amor, por una autĂ©ntica uniĂłn y su objeto era una muerta. Se dice a veces que, si una persona era un artista y puso algo de esmero en su obra, puede subsistir algo de ella despuĂ©s de su muerte. Tal vez sea del mismo modo que algo asĂ­ como un esqueje tomado de una persona y transplantado en el corazĂłn de otra continĂşa prosiguiendo su propia vida en Ă©ste cuando la persona de la que procedĂ­a ha perecido.


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