La fugitiva

La fugitiva

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Seguramente, porque en aquella llegada silenciosa y deliberada de Albertine con la mujer de gris veía yo las citas que se habían dado, esa convención de ir a hacer el amor en una cabina de duchas, que entrañaba una experiencia de la corrupción, la organización bien disimulada de toda una doble existencia, porque esas imágenes me aportaban la terrible noticia de la culpabilidad de Albertine, me habían causado inmediatamente un dolor físico del que no se separarían nunca más, pero en seguida el dolor había reaccionado sobre ellas; un hecho objetivo, como una imagen, es diferente según el estado interior con el que se lo aborde y el dolor es un modificador de la realidad tan potente como la embriaguez. Combinado con esas imágenes, el sufrimiento había hecho con ellas al instante algo absolutamente distinto de lo que pueden ser para cualquier otra persona una señora de gris, una propina, una ducha, la calle en la que se producía la llegada deliberada de Albertine con la señora de gris. Mi sufrimiento había alterado inmediatamente en su materia misma todas aquellas imágenes —panorama de una vida de mentiras y faltas como yo no había concebido nunca— y yo no las veía a la luz que ilumina los espectáculos de la Tierra: era un fragmento de otro mundo, de un planeta desconocido y maldito, una vista del infierno. El infierno era todo aquel Balbec, todos aquellos pueblos circunvecinos de donde, según la carta de Aimé, hacía acudir con frecuencia a las muchachas más jóvenes a las que llevaba a la ducha. ¡Cómo quedaba ahora todo lo relativo a Balbec atrozmente impregnado de aquel misterio que en tiempos había yo imaginado en aquel país de Balbec y que se había disipado, cuando había yo vivido en él, que después había esperado volver a aprehender al conocer a Albertine, porque, cuando la veía pasar por la playa, cuando estaba lo bastante loco para desear que no fuera virtuosa, pensaba que debía de encarnarlo! Los nombres —Toutainville, Épreville, Incarville— de aquellas estaciones, que habían llegado a ser tan familiares, tan tranquilizadores, cuando los oía por la noche al volver de la casa de los Verdurin, me infundían —al pensar en que Albertine había vivido en una, se había paseado hasta la otra, había podido ir con frecuencia en bicicleta a la tercera— una ansiedad más cruel que la primera vez, en que las veía yo con tanto desasosiego desde el trenecito de vía estrecha, con mi abuela, antes de llegar a Balbec, que aún no conocía.


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