La fugitiva

La fugitiva

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Por fin veía yo ante mí, en aquella llegada de Albertine a la ducha por la callecita con la señora de gris, un fragmento de aquel pasado, que no me parecía menos misterioso, menos espantoso de lo que me temía cuando lo imaginaba encerrado en el recuerdo, en la mirada de Albertine. Seguramente, cualquier otro, aparte de mí, habría podido considerar insignificantes aquellos detalles a los que la imposibilidad en que me encontraba, por haber muerto Albertine, de que ésta los refutara confería algo así como una probabilidad. Es probable incluso que, aunque hubieran sido ciertas, aunque las hubiese confesado, para Albertine sus propias faltas —ya las considerara su conciencia inocentes o censurables, ya las considerase su sensualidad deliciosas o bastante insulsas— habrían estado desprovistas de esa inexpresable impresión de horror de la que no las separaba yo. Yo mismo, gracias a mi gusto por las mujeres y aunque no debían de haber sido lo mismo para Albertine, podía imaginar un poco lo que sentía y, desde luego, constituía ya un principio de sufrimiento imaginármela deseando como con tanta frecuencia lo había hecho yo, mintiéndome como tan a menudo le había mentido yo, interesada en tal o cual muchacha, metiéndose en gastos por ella, como yo por la Srta. de Stermaria, por tantas otras o por las campesinas con las que me encontraba en el campo. Sí, todos mis deseos me ayudaban en cierta medida a comprender los suyos; era ya un gran sufrimiento, en el que todos los deseos, cuanto más intensos habían sido, se convertían en tormentos tanto más crueles; como si en esa álgebra de la sensibilidad reaparecieran con el mismo coeficiente, pero con el signo menos en lugar del signo más. En el caso de Albertine, por lo que podía yo juzgar por mí mismo, sus faltas, fuera cual fuese la voluntad que tuviera de ocultármelas, cosa que me hacía suponer que se consideraba culpable o temía apenarme, por haberlas preparado a su modo con la clara luz de la imaginación, en la que se fragua el deseo, le parecían, de todos modos, cosas de la misma naturaleza que el resto de la vida, placeres para ella que no había tenido el valor de denegarse, penas para mí que había procurado no causarme ocultándolos, pero placeres y penas que podían figurar en medio de los demás de la vida, pero a mí del exterior, de la carta de Aimé, me habían llegado —sin que estuviera prevenido, sin que hubiese podido yo mismo elaborarlas— aquellas imágenes de Albertine, al acudir a la ducha y preparar la propina.


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