La fugitiva
La fugitiva No encuentro nada más interesante que decir al señor, etcétera.
Para comprender la profundidad con la que aquellas palabras entraban en mí, conviene recordar que las preguntas que yo me hacía sobre Albertine no eran accesorias, indiferentes, cuestiones de detalle, las únicas, en realidad, que nos hacemos respecto de todas las personas que no son nosotros, lo que nos permite caminar, cubiertos con un pensamiento impermeable, en medio del sufrimiento, de la mentira, del vicio y de la muerte. No, en el caso de Albertine era una cuestión esencial: en su fondo, ¿qué era, en qué pensaba, qué le gustaba? ¿Me mentía? ¿Habría sido mi vida con ella tan lamentable como la de Swann con Odette? Por eso, donde la respuesta de Aimé, aunque no fuese general, sino particular —y precisamente por eso— tocaba, era precisamente en las profundidades de Albertine y de mí.