La fugitiva

La fugitiva

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En otra ocasión creí sorprender la presencia —de modo distinto que por los ojos, pues creí oírlos— de aquellos placeres de Albertine que, tras haber intentado imaginar con tanta frecuencia, había creído ver por un instante al contemplar a Andrée. En una casa de citas había encargado yo que acudieran dos lavanderitas de un barrio al que iba con frecuencia Albertine. Por efecto de las caricias de una, la otra empezó de repente a emitir algo que al principio no pude distinguir, pues nunca entendemos exactamente el significado de un sonido original, expresivo de una sensación que no experimentamos. Si lo oímos en una habitación contigua y sin ver nada, podemos confundir con una risa loca lo que el sufrimiento arranca a un enfermo al que están operando sin haberlo dormido y, en cuanto al sonido que emite una madre a la que comunican que su hijo acaba de morir, puede parecernos —si no sabemos de qué se trata— tan difícil de aplicarle una traducción humana como el que emite un animal o un arpa. Hace falta un poco de tiempo para comprender que esos dos sonidos expresan lo que —por analogía con lo que hemos podido sentir nosotros mismos, pese a ser muy diferente— llamamos sufrimiento y también necesité tiempo para comprender que aquel sonido expresaba lo que —por analogía también con lo que yo mismo había sentido, pese a ser muy diferente— yo llamaba placer y éste debía de ser muy fuerte para agitar hasta tal punto a la persona que lo sentía y hacerla emitir aquel lenguaje desconocido que parece designar y comentar todas las fases del delicioso drama que vivía aquella mujercita y que ocultaba a mi vista el telón bajado por siempre jamás para los demás sobre lo que ocurre en el misterio íntimo de cada persona. Por lo demás, aquellas dos nenas nada pudieron decirme, porque no sabían quién era Albertine.


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