La fugitiva

La fugitiva

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Los novelistas afirman con frecuencia en una introducción que, al viajar por un país, se han encontrado con alguien que les ha contado la vida de una persona. Entonces ceden la palabra a ese conocido y el relato que les hace es precisamente su novela. Así, la vida de Fabrice del Dongo fue contada a Stendhal por un canónigo de Padua. ¡Cuánto nos gustaría —cuando amamos a alguien, es decir, cuando la existencia de otra persona nos parece misteriosa— encontrar a semejante narrador informado! Y, desde luego, existe. ¿Acaso nosotros mismos no contamos con frecuencia y sin pasión alguna la vida de tal o cual mujer a uno de nuestros amigos o a un extraño que nada sabían de sus amores y nos escuchan con curiosidad? Para el hombre que yo era cuando hablaba a Bloch de la princesa de Guermantes, de la Sra. Swann, existía esa persona que habría podido hablarme de Albertine, esa persona existe siempre… pero nunca nos la encontramos. Me parecía que, si hubiera yo podido encontrar a mujeres que la hubiesen conocido, habría averiguado todo lo que ignoraba. Sin embargo, a unos extraños les habría parecido que nadie tanto como yo podía conocer su vida. ¿Acaso no conocía incluso a su mejor amiga, Andrée? Así, creemos que el amigo de un ministro ha de saber la verdad sobre ciertos asuntos o se librará de verse implicado en un proceso. Sólo por la experiencia, el amigo sabe que, siempre que hablaba de política con el ministro, éste no pasaba de las generalidades y le decía, como máximo, lo que aparecía en los periódicos o que, si había tenido algún problema con sus reiteradas gestiones ante el ministro, siempre había obtenido un «no está en mi mano», sobre lo cual el propio amigo carecía de poder. Yo pensaba: «¡Si hubiera podido conocer a tales testigos!», de los cuales no habría podido obtener, en ese caso, más que de Andrée, depositaria, a su vez, de un secreto que no quería revelar. Para mí, diferente también a ese respecto de Swann, quien, cuando dejó de estar celoso, no volvió a sentir curiosidad por lo que hubiera podido hacer Odette con Forcheville, aun después de haber superado los celos, sólo habría tenido atractivo conocer a la lavandera de Albertine, a personas de su barrio, reconstruir su vida en él, sus intrigas, y, como el deseo siempre procede de un prestigio previo, como había ocurrido en el caso de Gilberte, de la duquesa de Guermantes, fue a mujeres de su medio —en los barrios en los que había vivido en tiempos Albertine, y cuya presencia era la única que podía desear— a las que busqué. Aun cuando nada pudiesen comunicarme, eran las únicas por las que podía sentirme atraído por haber sido aquellas a las que había conocido Albertine, mujeres de su medio o de los medios que frecuentaba con gusto: en una palabra, las que tenían para mí el prestigio de parecérsele o de ser de las que le habrían gustado. Al recordarme, así, ya fuera a Albertine o al tipo de mujer que seguramente prefería, aquellas mujeres despertaban en mí un sentimiento cruel, de celos o de pena, que más adelante, cuando ésta se calmó, se convirtió en una curiosidad no exenta de encanto, y, entre ellas, sobre todo las muchachas del pueblo, porque su vida era tan diferente de la que yo conocía. Seguramente sólo en el pensamiento poseemos las cosas y, si no sabemos entender un cuadro, no lo poseemos por tenerlo en el comedor, ni tampoco un país por residir en él y sin contemplarlo siquiera, pero, en fin, en tiempos tenía yo la ilusión de aprehender de nuevo Balbec, cuando Albertine venía a verme en París y yo la abrazaba, del mismo modo que entraba en contacto muy estrecho —y, por lo demás, furtivo— con la vida de Albertine, la atmósfera de los talleres, una conversación en un mostrador, el alma de los tugurios, cuando abrazaba a una obrera. Andrée, aquellas otras mujeres, todo aquello relacionado con Albertine —como ésta había estado, a su vez, relacionada con Balbec— eran de esos substitutos de placeres que se reemplazan uno a otro en una degradación sucesiva, que nos permiten prescindir de aquel que ya no podemos obtener —viaje a Balbec o amor de Albertine—, de esos placeres (así como el de ir a ver en el Louvre un Tiziano que en tiempos estuvo allí consuela de no poder ir a Venecia) que, separados unos de otros por matices indiscernibles, hacen de nuestra vida algo así como una sucesión de zonas concéntricas, contiguas, armónicas y degradadas, en torno a un deseo primero que ha dado el tono, ha eliminado lo que no se funde con él, ha difundido el color dominante (como me había ocurrido también, por ejemplo, con la duquesa de Guermantes y con Gilberte). Andrée y aquellas mujeres eran, para el deseo —que, como sabía, yo ya no podría satisfacer nunca más— de tener junto a mí a Albertine, lo que una noche, antes de que la conociera de otro modo que de vista, había sido la insolación tortuosa y fresca de un racimo de uvas.


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