La fugitiva

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En cambio, las particularidades físicas y sociales de Albertine, pese a las cuales la había yo amado, asociadas entonces al recuerdo de mi amor, orientaban mi deseo hacia lo que en otro tiempo habría elegido menos naturalmente: mujeres morenas de la pequeña burguesía. Cierto es que lo que comenzaba parcialmente a renacer en mí era aquel inmenso deseo que mi amor a Albertine no había podido saciar, aquel inmenso deseo de conocer la vida que experimentaba en tiempos en los caminos de Balbec, en las calles de París, aquel deseo que tanto me había hecho sufrir, cuando, al suponer que existía también en el corazón de Albertine, había querido yo privarla de los medios de satisfacerlo con otros distintos de mí. Ahora que podía yo soportar la idea de su deseo, como éste despertaba al instante el mío y aquellos dos inmensos apetitos coincidían, me habría gustado que hubiéramos podido entregarnos juntos a él y me decía: «Esa muchacha le habría gustado», y, mediante ese brusco rodeo, al pensar en ella y en su muerte, me sentía demasiado triste para seguir persiguiendo mi deseo. Así como en tiempos la parte de Méséglise y la de Guermantes habían constituido el fundamento de mi gusto por el campo y me habrían impedido ver encanto profundo en un país en el que no hubiera una iglesia antigua, acianos y ranúnculos, así también mi amor a Albertine me hacía buscar exclusivamente cierto tipo de mujeres, al relacionarlas en mí con un pasado colmado de encanto; como antes de amarla, empezaba a sentir la necesidad de armónicos de ella intercambiables con mi recuerdo, que había llegado poco a poco a ser menos exclusivo. Ya no habría podido encontrarme a gusto junto a una rubia y orgullosa duquesa, porque no habría despertado en mí ninguna de las emociones que partían de Albertine, de mi deseo de ella, de los celos que había sentido de sus amores, de mis sufrimientos por su muerte. Es que, para ser fuertes, nuestras sensaciones deben desencadenar en nosotros algo diferente de ellas, un sentimiento que no podrá satisfacerse con el placer, pero se suma al deseo, lo hincha, lo hace aferrarse desesperadamente al placer. A medida que dejaba de hacerme sufrir el amor que Albertine había podido sentir por ciertas mujeres, unía a éstas con mi pasado, les infundía más realidad, así como el recuerdo de Combray infundía más realidad a los ranúnculos, a los majuelos, que a las flores nuevas. Ni siquiera a propósito de Andrée me decía yo ya con rabia: «Albertine la amaba», sino, al contrario, para explicarme a mí mismo mi deseo, con expresión enternecida: «Albertine la quería mucho». Entonces comprendí a los viudos a los que se considera consolados y que demuestran, al contrario, ser inconsolables, porque se vuelven a casar con su cuñada.


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