La fugitiva

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Así, mi amor, que tocaba a su fin, parecía hacer posibles para mí nuevos amores y Albertine —como esas mujeres durante mucho tiempo amadas por sí mismas y que más adelante, al notar que el gusto de su amante se debilita, conservan su poder contentándose con el papel de alcahuetas— me brindaba —como la Pompadour para Luis XV— nuevas muchachas. En el pasado, mi tiempo estaba dividido en períodos en los que deseaba a tal mujer o a tal otra. Cuando se calmaban los placeres violentos brindados por una, deseaba a la que daba una ternura casi pura hasta que la necesidad de caricias más sabias volviera a traer el deseo de la primera. Ahora aquellas alternancias se habían acabado o al menos uno de los períodos se prolongaba indefinidamente. Lo que me habría gustado habría sido que la nueva viniera a vivir en mi casa y por las noches, antes de despedirse de mí, me diese un beso familiar de hermana. De modo, que, si no hubiera tenido la experiencia de la presencia insoportable de otra, habría podido creer que añoraba más un beso que ciertos labios, un placer más que un amor, una costumbre más que una persona. También me habría gustado que la nueva pudiera interpretarme obras de Vinteuil como Albertine, hablar conmigo —como ésta— de Elstir. Todo ello era imposible. Aquellos nuevos amores no serían equiparables con el de ella —pensaba yo—, ya fuese porque un amor al que se sumaban todos aquellos episodios —visitas a museos, veladas de conciertos, toda una vida complicada que permite correspondencias, conversaciones, un coqueteo previo a las propias relaciones, una amistad seria después— cuente con más recursos que el amor a una mujer que sólo sepa entregarse, como una orquesta más que como un piano, o porque, más profundamente, mi necesidad del mismo tipo de cariño que me daba Albertine, la de una muchacha bastante culta y que al mismo tiempo fuera una hermana, fuese —como la necesidad de mujeres del mismo medio que Albertine— una simple reviviscencia del recuerdo de esta última, del recuerdo de mi amor por ella. Y una vez más comprendía, en primer lugar, que el recuerdo no es inventivo, que no puede desear otra cosa, ni siquiera nada mejor que los que hemos poseído, y, en segundo lugar, que es espiritual, por lo que la realidad no puede brindarle el estado que busca, y, por último, que, al proceder de una persona muerta, el renacimiento que encarna es menos el de la necesidad de amar, en el que hace pensar, que el de la necesidad de la ausente. De modo, que incluso el parecido con Albertine de la mujer que había yo elegido, el parecido de su ternura, si llegaba a obtenerla, con la de Albertine, me hacían sentir aún más la ausencia de lo que había yo buscado sin saberlo y que era indispensable para que renaciese mi felicidad, lo que yo había buscado, es decir, la propia Albertine, el tiempo que habíamos vivido juntos, el pasado que yo buscaba sin saberlo. Cierto es que en los días despejados París se me presentaba innumerablemente florecido con todas las muchachas que —más que desearlas yo— echaban raíces en la obscuridad del deseo y de las veladas desconocidas de Albertine. Eran como aquella de la que me había dicho muy al principio, cuando no desconfiaba de mí: «Es preciosa, esa nena, ¡qué pelo más bonito tiene!». Todas las curiosidades que había yo sentido en tiempos sobre su vida, cuando aún la conocía sólo de vista, y, por otra parte, todos mis deseos de la vida se confundían en aquella única curiosidad: la de la forma como Albertine sentía placer, verla con otras mujeres, tal vez porque así, cuando se hubieran marchado, yo me quedaría solo con ella, el último y el amo, y, al ver sus vacilaciones sobre si valía la pena pasar la velada con tal o cual, su saciedad, cuando la otra se hubiera marchado, tal vez su decepción, habría yo esclarecido y reducido a sus justas proporciones los celos que me inspiraba Albertine, porque, al verla así sentirlos, me habría hecho idea —y habría descubierto el límite— de sus placeres.


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