La fugitiva
La fugitiva ¡De cuántos placeres, de qué dulce vida, nos privó —me decÃa yo— con aquella arisca terquedad al negar su inclinación! Y, al buscar una vez más cuál habÃa podido ser el motivo de aquella obstinación, recordé de repente algo que le habÃa dicho yo en Balbec el dÃa en que me habÃa regalado un lápiz. Al reprocharle que no me hubiera dejado besarla, le habÃa dicho que lo consideraba tan natural como innoble me parecÃa que una mujer tuviese relaciones con otra mujer. Tal vez Albertine lo hubiera —¡ay!— recordado.