La fugitiva
La fugitiva Me traía conmigo a las muchachas que menos me hubiesen gustado, acariciaba guedejas virginales, admiraba una naricita bien modelada, una palidez española. Cierto es que en tiempos, incluso en el caso de una mujer a la que simplemente divisaba por un camino de Balbec o en una calle de París, había advertido la individualidad de mi deseo y que intentar satisfacerlo con otro objeto era falsearlo, pero la vida, al descubrirme poco a poco la permanencia de nuestras necesidades, me había enseñado que, a falta de una persona, hay que contentarse con otra y tenía la sensación de que lo que había yo pedido a Albertine otra, la Srta. de Stermaria, habría podido dármelo, pero se había tratado de Albertine y entre la satisfacción de mis necesidades de cariño y las particularidades de su cuerpo se había constituido un entretejido de recuerdos tan inextricable, que ya no podía yo separar el deseo de cariño de todo aquel bordado de recuerdos del cuerpo de Albertine. Sólo ella podía brindarme aquella felicidad. La idea de su unicidad ya no era un a priori metafísico extraído de la individualidad de Albertine, como en tiempos en el caso de las viandantes, sino un a posteriori constituido por la imbricación contingente, pero indisoluble, de mis recuerdos. Ya no podía yo desear ternura sin necesitarla, sin sufrir por su ausencia. Por eso, el propio parecido de la mujer elegida, de la ternura solicitada, con la felicidad que había yo conocido me hacía sentir aún más todo lo que les faltaba para que pudiera renacer. Ese mismo vacío que sentía en mi habitación desde que Albertine se había marchado y que había creído colmar abrazando a otras mujeres volvía a encontrármelo en ellas. Éstas, por su parte, nunca me habían hablado de la música de Vinteuil, de las Memorias de Saint-Simon, no se habían puesto un perfume demasiado fuerte para venir a verme, no habían jugado a mezclar sus pestañas con las mías, cosas importantes, todas ellas, porque permiten —así parece— soñar sobre el propio acto sexual y hacerse la ilusión del amor, pero, en realidad, porque formaban parte del recuerdo de Albertine y a ella era a la que me habría gustado encontrar. Lo que aquellas mujeres tenían de Albertine me hacía sentir mejor que lo que de ella les faltaba y que lo era todo y no volvería a ser nunca, ya que Albertine estaba muerta, y así mi amor a Albertine, al que se debía mi atracción por aquellas mujeres, me las volvía indiferentes y mi añoranza de Albertine y la persistencia de mis celos, cuya duración había superado ya mis previsiones más pesimistas, seguramente nunca habrían cambiado demasiado, si su existencia, aislada del resto de mi vida, hubiera estado sometida exclusivamente a la intervención de mis recuerdos, a las acciones y reacciones de una psicología aplicable a estados inmóviles y no se hubiera visto arrastrada hacia un sistema más vasto en el que las almas se mueven en el tiempo como los cuerpos en el espacio. Así como hay una geometría en el espacio, así también hay una psicología en el tiempo, en la que los cálculos de una psicología plana dejan de ser exactos por no tenerse en cuenta en ellos el tiempo y una de las formas que éste reviste, el olvido, cuya fuerza empezaba yo a sentir y que es un instrumento tan potente de adaptación a la realidad, porque destruye poco a poco en nosotros el pasado superviviente, en constante contradicción con ella. Y yo habría podido en verdad adivinar antes que un día dejaría de amar a Albertine. Cuando —por la diferencia existente entre lo que la importancia de su persona y de sus acciones era para mí y para los demás— había comprendido que el mío no era tanto un amor a ella cuanto un amor en mí, habría podido deducir diversas consecuencias de ese carácter subjetivo de mi amor y que, al ser un estado mental, podía en particular sobrevivir mucho tiempo a la persona, pero también que, al no tener con dicha persona vínculo alguno verdadero, al carecer de soporte alguno fuera de sí, había de resultar un día, como todos los estados mentales, incluso los más duraderos, inservible, quedar «substituido», y que ese día todo lo que me parecía vincularme tan dulce e indisolublemente con el recuerdo de Albertine habría dejado de existir para mí. La desdicha de las personas es la de ser para nosotros simples láminas de colecciones muy utilizables en nuestro pensamiento. Precisamente por eso basamos en ellas proyectos que tienen el ardor del pensamiento, pero éste se fatiga, el recuerdo se destruye: llegaría un día en que con gusto daría yo a la primera que llegara la habitación de Albertine, así como había regalado sin el menor pesar a Albertine la canica de ágata u otros regalos de Gilberte.