La fugitiva
La fugitiva No es que no siguiera amando a Albertine, pero ya no era del mismo modo en los últimos tiempos; no, era al modo de tiempos más antiguos, en que todo lo relacionado con ella —lugares y personas— me hacÃa sentir una curiosidad en la que habÃa más encanto que sufrimiento y, en efecto, tenÃa la sensación de que, antes de olvidarla del todo, antes de volver a la indiferencia inicial, deberÃa —como un viajero que vuelve por el mismo camino a su punto de partida— cruzar en sentido contrario todos los sentimientos por los que habÃa pasado antes de llegar a mi gran amor, pero esas etapas, esos momentos del pasado, no están inmóviles, han conservado la terrible fuerza, la afortunada ignorancia, de la esperanza que se lanzaba entonces hacia un tiempo ahora convertido en pasado, pero que una alucinación nos hace por un instante confundir retrospectivamente con el futuro. LeÃa yo una carta de Albertine en la que me habÃa anunciado su visita por la noche y sentÃa por un segundo la alegrÃa de la espera. En aquellos regresos por la misma lÃnea de un paÃs al que nunca volveremos, en el que reconocemos el nombre, el aspecto, de todas las estaciones por las que ya hemos pasado a la ida, a veces, mientras estamos detenidos en una de ellas, tenemos por un instante la falsa ilusión de volver a partir, pero en la dirección del lugar del que procedemos, como la tenÃamos la primera vez. Esa impresión desaparece en seguida, pero por un segundo nos habÃamos sentido de nuevo dirigidos hacia él: asà es la crueldad del recuerdo.