La fugitiva
La fugitiva Al prometerme a mí mismo que Albertine estaría aquella misma noche en casa, me había apresurado al máximo a vendar con una creencia nueva el desgarramiento de aquella con la que había vivido hasta entonces, pero, por rápidamente que hubiera actuado mi instinto de conservación, me había quedado —cuando Françoise me lo había contado— un segundo sin socorro y de nada me servía ya saber que Albertine estaría en casa aquella noche, el dolor que había yo sentido durante el instante en que no me había comunicado a mí mismo ese regreso (el instante que había seguido a estas palabras: «La señorita Albertine ha pedido sus maletas, la señorita Albertine se ha marchado») renacía por sí solo en mí, semejante a lo que había sido, es decir, como si yo hubiera ignorado aún el próximo regreso de Albertine. Por lo demás, tenía que volver, pero por sí misma. Conforme a todas las hipótesis, parecer haber encargado una gestión, rogarle que volviera, habría sido contraproducente. Cierto es que yo ya no tenía fuerzas para renunciar a ella, como en el caso de Gilberte. Más aún que volver a ver a Albertine, lo que yo quería era poner fin a la angustia física que mi corazón, más débil que en el pasado, ya no podía soportar. Después, a fuerza de habituarme a no querer, ya se tratara del trabajo o de otra cosa, me había vuelto más cobarde, pero sobre todo aquella angustia era incomparablemente más fuerte por muchas razones, la más importante de las cuales tal vez no fuese la de que nunca había saboreado placer sensual alguno con la Sra. de Guermantes ni con Gilberte, sino la de que, al no verlas todos los días, a todas horas, al no tener esa posibilidad y, por consiguiente, esa necesidad, mi amor por ellas carecía de la inmensa fuerza de la costumbre. En vista de que mi corazón, privado de voluntad e incapaz de soportar de buen grado el sufrimiento, sólo encontraba una solución —el regreso a toda costa de Albertine— posible, tal vez la solución opuesta (la renuncia voluntaria, la resignación progresiva) me habría parecido propia de una novela, inverosímil en la vida, de no haber optado yo mismo en tiempos por ella en el caso de Gilberte. Así, pues, yo sabía que esa otra solución podía ser aceptada también y por un mismo hombre, pues había yo seguido siendo casi el mismo. Sólo, que el tiempo había desempeñado su función, el tiempo que me había envejecido, el tiempo también que había colocado a Albertine perpetuamente a mi lado, cuando llevábamos nuestra vida en común, pero al menos lo que me quedaba, sin renunciar a ella, de lo que había sentido por Gilberte era el orgullo de no querer ser para Albertine un juguete repelente pidiéndole que volviese: yo quería que lo hiciera sin que pareciese yo desearlo. Me levanté para no perder tiempo, pero el sufrimiento me detuvo: era la primera vez que me levantaba desde que se había marchado Albertine. Sin embargo, tenía que vestirme rápidamente para ir a informarme en su portería.