La fugitiva
La fugitiva Sí, cogió el papel de embalar la víspera, pero ¡ya antes sabía que se marcharía! Pues lo que le hizo adoptar aquella expresión apesadumbrada no fue la pena que la hizo marcharse, sino la resolución que había adoptado de irse, de renunciar a la vida con la que había soñado: apesadumbrada, casi solemnemente fría conmigo, salvo la última noche, en que, tras haberse quedado en mi cuarto hasta más tarde de lo que deseaba, cosa que me extrañó en ella, quien siempre deseaba prolongar esos momentos, me dijo desde la puerta: «Adiós, cariño; adiós, cariño». Pero en el momento no me fijé. Françoise me contó que, la mañana siguiente, cuando le dijo que se marchaba (pero, por lo demás, también es explicable por el cansancio, pues no se había desvestido y había pasado toda la noche embalando, salvo las cosas que debía pedir a Françoise y que no estaban en su habitación ni en su cuarto de aseo), seguía tan triste, mucho más rígida, mucho más envarada, que los días anteriores, que cuando le dijo: «Adiós, Françoise», ésta creyó que se iba a desplomar. Cuando nos enteramos de cosas así, comprendemos que la mujer que nos gustaba ya tanto menos que todas las que encontramos tan fácilmente en los más simples paseos, para con quien sentíamos rencor por sacrificarlas por ella, es, al contrario, la que ahora preferiríamos mil veces. Es que ya no se plantea la disyuntiva entre cierto placer —que, por el uso y tal vez por la mediocridad del objeto, ha llegado a ser casi nulo— y otros, tentadores, arrebatadores, sino entre éstos y algo mucho más fuerte que ellos: la piedad por el dolor.