La fugitiva

La fugitiva

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Cierto es que nos habíamos prometido evitar ese golpe físico en el corazón que asesta semejante alejamiento —y que, en virtud de la terrible capacidad de retención que tiene el cuerpo, hace del dolor algo contemporáneo a todas las épocas de nuestra vida en las que hemos sufrido—, ese golpe en el corazón sobre el que tal vez elucubre un poco —en vista de lo poco que nos preocupamos por el dolor de los demás— la mujer que desea dar a la pena su máxima intensidad —ya sea porque, al limitarse a esbozar una falsa marcha, sólo quiera pedir condiciones mejores o porque, al marcharse para siempre (¡para siempre!), desee asestar un golpe ora para vengarse ora para seguir siendo amada ora (con vistas a la calidad del recuerdo que dejará) para romper violentamente esa red de hastíos, de indiferencias, que había notado tejerse—, y nos habíamos dicho que nos separaríamos como amigos, pero, al final, esa clase de separación resulta muy poco frecuente, la verdad, pues, de ser amigos, no la habría, y, además, la mujer con la que nos mostramos más indiferentes advierte, de todos modos, vagamente que, al cansarnos de ella, en virtud de una misma costumbre, nos hemos apegado cada vez más a ella y piensa que uno de los elementos esenciales para separarse como amigos es marcharse avisando al otro. Ahora bien, teme que, al avisar, lo impida. Todas las mujeres tienen la sensación de que, cuanto mayor es su poder sobre un hombre, sólo disponen de un medio para marcharse, que es el de huir. Fugitiva por ser reina: así es. Cierto es que hay un intervalo inaudito entre el hastío que inspiraba hace un instante y ese deseo impetuoso —porque se ha marchado— de volver a verla, pero para explicarlo hay —además de las ofrecidas a lo largo de esta obra y otras que se verán más adelante— ciertas razones. En primer lugar, la marcha ocurre con frecuencia en el momento en que la indiferencia —real o supuesta— es mayor, en el punto extremo de la oscilación del péndulo. La mujer piensa: «No, esto no puede seguir así», precisamente porque el hombre no cesa de hablar de abandonarla o de pensarlo y es ella la que lo abandona. Entonces, al volver el péndulo a su otro punto extremo, el intervalo es mayor. En un segundo vuelve a ese punto; una vez más, aparte de todas las razones ofrecidas, ¡resulta tan natural! El corazón palpita y, por lo demás, la mujer que se ha marchado ya no es la misma que estaba ahí. A su vida junto a nosotros, demasiado conocida, se suman de repente aquellas vidas con las que inevitablemente va a mezclarse y precisamente para hacerlo nos ha dejado. De modo, que esa nueva riqueza de la vida de la mujer que se ha marchado tiene un efecto retrospectivo en la mujer que estaba junto a nosotros y tal vez estaba premeditando su marcha. A la serie de fenómenos psicológicos que podemos deducir y que forman parte de su vida con nosotros, de nuestro hastío demasiado pronunciado con ella, de nuestros celos también (razón por la cual los hombres a los que varias mujeres han abandonado lo han vivido casi siempre de la misma manera por su carácter y por reacciones siempre idénticas y previsibles: cada cual tiene su forma propia de ser traicionado, como la de constiparse), a esa serie no demasiado misteriosa para nosotros correspondía seguramente una serie de fenómenos que hemos pasado por alto. Desde hacía algún tiempo debía de mantener relaciones por escrito o verbales, mediante mensajeros, con determinado hombre o mujer, esperar determinada señal que tal vez hayamos dado nosotros mismos sin saberlo, al decirle: «Ayer vino a verme el Sr. X», si habían acordado que, la víspera del día en que debería reunirse con él, el Sr. X vendría a vernos. ¡Cuántas hipótesis posibles! Sólo posibles. Yo reconstruía tan bien la verdad, pero sólo como posibilidad, que, por haber abierto un día por error una carta para una de mis amantes, escrita en un estilo acordado y que rezaba así: Sigo esperando la señal para ir a casa del marqués de Saint-Loup, avisa mañana por teléfono, reconstituí algo así como una fuga proyectada; el nombre del marqués de Saint-Loup figuraba sólo para significar otra cosa, pues mi amante no lo conocía, pero me había oído hablar de él y, por lo demás, la firma era como un apodo, totalmente inteligible. Ahora bien, la carta no iba dirigida a mi amante, sino a una persona de la casa que tenía un nombre diferente, pero que habían leído mal. La carta no estaba escrita con signos convenidos, sino en mal francés, porque era de una americana, amiga, efectivamente, de Saint-Loup, como me contó éste, y el extraño modo como formaba ciertas letras había dado el aspecto de un apodo a un nombre totalmente real, pero extranjero. Así, pues, aquel día yo me había equivocado de medio a medio en mis sospechas, pero el armazón intelectual que en mí había vinculado aquellos hechos, falsos todos, era, a su vez, la forma tan justa, tan inflexible, de la verdad, que, cuando, tres meses después, una amante (que entonces pensaba pasar toda su vida conmigo), me abandonó, fue de forma absolutamente idéntica a la que yo había imaginado la primera vez. Llegó una carta con las mismas particularidades que yo había atribuido erróneamente a la primera, pero aquella vez con el sentido de la señal, y así Albertine había premeditado desde hacía mucho su fuga. Aquella desgracia era la mayor de toda mi vida y, pese a todo, el sufrimiento que me causaba tal vez resultara superado aún más por la curiosidad sobre sus causas: a quién habría deseado o reencontrado Albertine. Pero los orígenes de esos grandes acontecimientos son como las fuentes de los ríos: ya podemos recorrer la superficie de la Tierra, que no las encontramos. No he dicho (porque entonces me pareció simple amaneramiento y malhumor, lo que llamábamos, refiriéndonos a Françoise, «estar de morros») que, desde el día en que había dejado de besarme, había tenido cara de funeral, muy rígida, envarada, con voz triste para las cosas más sencillas y lentitud de movimientos y no había vuelto a sonreír nunca más. No puedo decir que ninguno de esos hechos demostrara una connivencia con el exterior. Françoise no dejó de contarme más adelante que, al entrar en su habitación la antevíspera de su marcha, no había encontrado a nadie en ella, con las cortinas echadas, pero por el olor del aire y el ruido había notado que la ventana estaba abierta y, en efecto, había encontrado a Albertine en el balcón. Ahora bien, no veo con quién habría podido comunicar desde allí y, por lo demás, seguramente las cortinas estaban echadas delante de la ventana abierta, porque sabía que yo temía las corrientes de aire y, aunque las cortinas no me protegían demasiado contra ellas, habrían impedido a Françoise ver desde el pasillo que los postigos estaban abiertos tan temprano. No, no veo nada, sólo un detallito como prueba de que la víspera ya sabía que iba a marcharse. En efecto, la víspera cogió de mi habitación, sin que yo lo notara, una gran cantidad de papel y tela, con los cuales pasó toda la noche embalando sus innumerables batas y saltos de cama para marcharse por la mañana. Eso fue lo único. No puedo atribuir importancia a que aquella noche me devolviese casi a la fuerza mil francos que me debía, cosa que nada tenía de especial, pues era extraordinariamente escrupulosa con los asuntos de dinero.


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