La fugitiva

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Por eso, después de almorzar, cuando fui a casa de la Sra. de Guermantes, no fue tanto por la Srta. d’Éporcheville, que, a consecuencia del telegrama de Saint-Loup, había perdido lo mejor de su personalidad, cuanto para ver en la duquesa misma a una de esas lectoras de mi artículo que me permitirían imaginar lo que podía haber pensado de él el público, los abonados y compradores de Le Figaro. Por lo demás, no dejaba de causarme placer ir a casa de la Sra. de Guermantes. Por mucho que me dijese que lo que diferenciaba para mí aquel salón de los demás era la larga estancia que había tenido en mi imaginación, yo —aun conociendo las causas de dicha diferencia— no la anulaba. Por lo demás, para mí existían varios nombres de Guermantes. Si bien el que mi memoria había inscrito exclusivamente como en una agenda de direcciones no iba acompañado de poesía alguna, otros más antiguos, los que se remontaban a la época en que no conocía yo a la Sra. de Guermantes, podían volver a formarse en mí, sobre todo cuando hacía mucho que yo no la había visto y la cruda claridad de la persona de rostro humano no apagaba los misteriosos rayos del nombre. Entonces volvía a ponerme a pensar en la morada de la Sra. de Guermantes como en algo situado más allá de la realidad, del mismo modo que me ponía a pensar de nuevo en el brumoso Balbec de mis primeros sueños y, como si desde entonces no hubiera hecho aquel viaje, en el tren de la una y cincuenta, como si no lo hubiese tomado. Olvidaba por un instante que todo aquello —como sabía— no existía, así como pensamos a veces en la persona amada, al olvidar por un instante que está muerta. Después, la idea de la realidad volvió, al entrar en la antesala de la duquesa, pero me consolé pensando que, pese a todo, ella era para mí el mejor punto de intersección entre la realidad y el sueño.


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