La fugitiva
La fugitiva Pensaba yo en determinada lectora en cuya habitación me habrÃa gustado tanto penetrar y a quien el periódico llevarÃa —ya que no mi pensamiento, que ella no podrÃa comprender— al menos mi nombre, como una alabanza de mÃ, pero las alabanzas concedidas a lo que no gusta vinculan el corazón tan poco como los pensamientos de una inteligencia en la que no podemos penetrar con la nuestra. En cuanto a otros amigos, yo pensaba que, si el estado de mi salud seguÃa agravándose y no podÃa volver a verlos, serÃa agradable continuar escribiendo, para tener aún, asÃ, acceso ante ellos, para hablarles entre lÃneas, hacerlos pensar en mÃ, gustarles, ser recibido en su corazón. Lo pensaba porque, como hasta entonces las relaciones mundanas habÃan formado parte de mi vida cotidiana, me asustaba un futuro en el que dejarÃan de figurar y aquel expediente que me permitÃa seguir conservando la atención de mis amigos en mÃ, tal vez inspirarles admiración, hasta el dÃa en que me encontrara lo bastante bien para empezar a verlos de nuevo, me consolaba; lo pensaba, pero notaba que no era cierto, que, si me gustaba imaginarme su atención como objeto de mi placer, éste era interior, espiritual, último, que ellos no podÃan darme y que yo no podÃa encontrar charlando con ellos, sino escribiendo lejos de ellos, y que, si empezaba a escribir, para verlos indirectamente, para que tuvieran una mejor idea de mÃ, para prepararme una situación mejor en la alta sociedad, tal vez hacerlo me quitarÃa las ganas de verlos y ya no tendrÃa yo deseos de gozar de la situación que la literatura tal vez me hubiera brindado en la alta sociedad, pues ya no encontrarÃa placer en ésta, sino en la literatura.