La fugitiva
La fugitiva Por eso, nada más acabar aquella lectura reconfortante, yo, que no había tenido el valor de releer mi manuscrito, deseé volver a empezarla inmediatamente, pues nada hay como un antiguo artículo propio del que podemos decir que, «cuando lo hemos leído, podemos releerlo». Me prometí encargar a Françoise que comprara otros ejemplares: para dárselos —le diría— a amigos, pero, en realidad, para tocar con el dedo el milagro de la multiplicación de mi pensamiento y leer, como si fuera otro señor que acabara de abrir Le Figaro, en otro número, las mismas frases. Precisamente aquel mismo día debía ir yo —para reunirme con la Srta. d’Éporcheville— a visitar a los Guermantes, a los que no veía desde hacía un tiempo infinito y gracias a ellos vería la opinión reinante sobre mi artículo.