La fugitiva

La fugitiva

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Lo que tenía yo en la mano no era determinado ejemplar del periódico, sino uno cualquiera de los diez mil, no sólo lo escrito por mí, sino también lo escrito por mí y leído por todos. Para apreciar exactamente el fenómeno que se producía en aquel momento en las otras casas, no debía leer aquel artículo como autor, sino como uno de los demás lectores del periódico; lo que tenía en la mano no era sólo lo que yo había escrito: era el símbolo de la encarnación en tantas inteligencias. Por eso, para leerlo debía yo dejar por un momento de ser el autor y ser uno cualquiera de los lectores del periódico, pero ante todo había un primer motivo de inquietud. ¿Vería el artículo el lector no avisado? Desplegué distraídamente el periódico, como haría ese lector no avisado, y poniendo incluso expresión de ignorar lo que venía aquella mañana en mi periódico y de tener prisa por ver las noticias mundanas o la política, pero mi artículo era tan largo, que mi mirada, que lo evitaba (para respetar la verdad y no poner la suerte de mi parte, así como alguien que espera cuenta muy despacio a propósito), captó un fragmento de pasada, pero muchos que ven el primer artículo —e incluso lo leen— no miran la firma. Yo mismo no podría decir de quién era el primer artículo de la víspera y entonces me prometí leerlos siempre y también el nombre de su autor, pero, como un amante celoso que no engaña a su amante para creer en su fidelidad, pensé con tristeza en que mi atención futura no forzaría, no habría forzado, en reciprocidad la de los otros. Además, no había que olvidar a los que habían salido de caza, los que se habían marchado demasiado temprano de su casa. En fin, algunos lo leerán, de todos modos. Hice como ellos y comencé. Aun sabiendo que muchas personas que leyeran aquel artículo lo considerarían detestable, en el momento en que lo leí lo que veía en cada una de las palabras me parecía estar en el papel, no podía creer que cada una de las personas, al abrir los ojos, vería directamente aquellas imágenes que yo veía, creyendo que el pensamiento del autor es aprehendido directamente por el lector, cuando, en realidad, lo que se crea en su cabeza es otro pensamiento, con la misma ingenuidad que quienes creen que la palabra misma que hemos pronunciado es la que avanza tal cual a lo largo de los hilos del teléfono: en el momento en que quería ser un lector cualquiera, mi entendimiento rehacía, al leerlo, mi artículo. Si bien el Sr. de Guermantes no comprendía determinada frase que gustaría a Bloch, podría, en cambio, divertirse con determinada reflexión que Bloch desdeñaría. Así, al presentarse un nuevo aficionado para cada parte que el lector anterior parecía dejar de lado, todo el artículo resultaba elevado a las nubes por una multitud y se imponía a mi propia desconfianza de mí mismo, que ya no necesitaba apoyarlo. Es que, en realidad, con el valor de un artículo, por notable que pueda ser, ocurre como con esas frases de citas de la Cámara en las que las palabras «Ya veremos», pronunciadas por el ministro, sólo adquieren toda su importancia enmarcadas así: «EL PRESIDENTE DEL CONSEJO, MINISTRO DEL INTERIOR Y DE CULTOS: Ya veremos. (Sonoras exclamaciones de la extrema izquierda. “¡Muy bien! ¡Muy bien!”, en algunos bancos de la izquierda y del centro.)». (Fin más hermoso que su centro, digno de su comienzo): una parte de su belleza —y se trata de la tara original de ese tipo de literatura, sin exceptuar los célebres Lunes— radica en la impresión que produce en los lectores. Es una Venus colectiva, de la que sólo tenemos un miembro mutilado, si nos atenemos al pensamiento del autor, pues sólo se realiza completa en la cabeza de sus lectores. En ellos se consuma y, como una multitud, aunque sea selecta, no es artística, el carácter último que le concede resulta siempre un poco vulgar. Así, Sainte-Beuve, el lunes, podía imaginarse a la Sra. de Boige en su cama de altas columnas leyendo su artículo del Constitutionnel y apreciando determinada frase hermosa en la que aquél se había recreado largo rato y que, si no hubiera considerado oportuno abarrotar con ella su sección fija para que el efecto fuese mayor, tal vez nunca habría salido de su magín. Seguramente el canciller, al leerlo por su cuenta, lo comentaría con su vieja amiga en la visita que le haría un poco después y, al conducirlo por la noche en su coche, el duque de Noailles, con pantalón gris, le diría lo que habían opinado al respecto en la sociedad, en caso de que una nota de la Sra. de Arbouville no se lo hubiera ya comunicado. Y, apoyando mi propia desconfianza de mí mismo en aquellas diez mil aprobaciones que me respaldaban, la lectura que estaba yo haciendo en aquel momento me infundía tanta sensación de fuerza y esperanza de talento como desconfianza me había inspirado cuando lo escrito por mí iba sólo dirigido a mí. Veía en aquella misma hora mi pensamiento —o incluso, a falta de éste para quien no podía comprenderlo, la repetición de mi nombre y como una evocación embellecida de mi persona— brillar sobre tantas personas, colorear su pensamiento en una aurora que me embargaba con más fuerza y alegría triunfal que la aurora innumerable que al mismo tiempo se mostraba rosa en todas las ventanas. Veía yo a Bloch, los Guermantes, Legrandin, Andrée, sacar de cada una de las frases las imágenes que el artículo contenía y, en el preciso momento en que intentaba yo ser un lector cualquiera, leía como autor, pero no sólo como autor. Para que la persona imposible que intentaba ser reuniese todos los contrarios que podían resultarme más favorables, si bien leía como autor, me juzgaba como lector, sin ninguna de las exigencias que puede tener para un escrito quien lo compara con el ideal que ha querido expresar en él. Esas frases de mi artículo, cuando las escribí, eran tan deficientes en comparación con mi pensamiento, tan complicadas y opacas en comparación con mi armoniosa y transparente visión, tan llenas de lagunas que no había logrado yo colmar, que su lectura me resultaba un sufrimiento, su único efecto había sido el de acentuar en mí la sensación de mi impotencia y mi incurable falta de talento, pero después, al esforzarme por ser lector, si descargaba en los otros el doloroso deber de juzgarme, al menos conseguía hacer tabla rasa de lo que me había propuesto al leer lo que había escrito. Leía el artículo esforzándome por convencerme de que era de otro. Entonces todas mis imágenes, todas mis reflexiones, todos mis epítetos, tomados en sí mismos y sin el recuerdo del fracaso que representaban para mis intenciones, me encantaban por su brillo, su originalidad, su profundidad y, cuando notaba una deficiencia demasiado grande, me decía, refugiándome en el alma de un lector cualquiera maravillado: «¡Bah! ¿Cómo puede notar eso un lector? Algo falta ahí, es posible, pero, si no los satisface, ¡allá ellos! Hay bastantes cosas bonitas así, más de las que suele haber».


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