La fugitiva

La fugitiva

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Al entrar en mi habitación con el correo, mi madre lo dejó sobre mi cama con negligencia, como pensando en otra cosa y, al retirarse en seguida para dejarme solo, sonrió en el momento de salir y yo, como conocía las astucias de mi querida mamá y sabía que siempre se podía leer en su cara sin miedo a equivocarse, si se tomaba como clave el deseo de agradar a los demás, sonreí y pensé: «En el correo hay algo interesante para mí y mamá ha fingido esa expresión indiferente y distraída para que mi sorpresa sea completa y para no hacer como las personas que nos quitan la mitad del placer al anunciárnoslo y no se ha quedado ahí, porque teme que por amor propio disimule yo el placer que sentiría y, por tanto, lo sienta menos intensamente». Sin embargo, al dirigirse a la puerta para salir, se había topado con Françoise, quien entraba en mi cuarto con el telegrama en la mano. En cuanto me lo hubo dado, mi madre obligó a Françoise a dar media vuelta y se la llevó afuera, asustada, ofendida y sorprendida. Es que Françoise consideraba que su cargo entrañaba el privilegio de entrar a cualquier hora en mi habitación y quedarse en ella cuanto gustara, pero en su rostro ya habían desaparecido el asombro y la cólera bajo la sonrisa negra y viscosa de una piedad transcendente que, para curar su herida, segregaba su amor propio herido. Para no sentirse despreciada, nos despreciaba. Además, sabía que éramos unos amos, seres caprichosos, que no brillan por su inteligencia y sienten placer al imponer mediante el miedo a personas de talento, a sirvientes, para demostrar claramente que son los amos, deberes absurdos como hacer hervir el agua en época de epidemia, barrer mi habitación con un trapo mojado y salir de ella en el preciso momento en que tenía intención de quedarse. Mi madre había dejado el correo muy cerca de mí para que no pudiese pasarme inadvertido, pero noté que sólo eran periódicos. Seguramente había en ellos algún artículo de un escritor que me gustaba y, como escribía poco, sería una sorpresa para mí. Me acerqué a la ventana y aparté las cortinas. Por encima del día pálido y brumoso, el cielo, que estaba rosa como lo están a esa hora en las cocinas los hornos que se encienden, me embargó de esperanza y del deseo de pasar la noche y despertar en la pequeña estación montañesa en la que había visto a la lechera de mejillas rosadas. Abrí Le Figaro. ¡Qué rabia! Precisamente el primer artículo tenía el mismo título que el que yo había enviado y no había aparecido, pero no sólo el título, resulta que había algunas palabras absolutamente iguales. Eso era demasiado. Iba yo a enviar una protesta. Y oía a Françoise, quien, indignada por que la hubieran expulsado de mi habitación, donde creía tener entrada libre, mascullaba: «¡Hay que ver qué pena! Un niño al que ha visto una nacer. No lo vi cuando su madre lo hacía, claro está, pero, cuando lo conocí, para ser exactos, ¡no hacía ni cinco años que había nacido!». Pero no eran unas palabras, era todo, estaba mi firma… ¡Era mi artículo, que por fin había aparecido! Ahora bien, mi pensamiento, que, tal vez ya en aquella época hubiera empezado a envejecer y a cansarse un poco, siguió por un instante razonando como si no hubiese comprendido que era mi artículo, como los ancianos que se ven obligados a terminar hasta el final un movimiento iniciado, aunque haya pasado a ser inútil, aunque un obstáculo imprevisto, ante el cual deberían retirarse inmediatamente, lo vuelva peligroso. Después pensé en el pan espiritual que es un periódico, aún caliente y húmedo de la prensa reciente y de la niebla de la mañana, desde cuya aurora se distribuye a las criadas, que lo llevan a su señor junto con el café con leche, pan milagroso, multiplicable, que es a la vez uno y diez mil y sigue siendo el mismo para cada cual, aun entrando a la vez, innumerable, en todas las casas.


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