La fugitiva

La fugitiva

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Entonces comenzó una jornada de una tremenda agitación. Antes incluso de ir a comprar todo lo que consideraba necesario para acicalarme con vistas a causar mejor impresión dos días después, cuando iría a ver a la Sra. de Guermantes, en cuya casa encontraría también a una muchacha fácil y fijaría una cita con ella (pues encontraría, seguro, la forma de hablar con ella en un ángulo del salón), fui —para mayor seguridad— a telegrafiar a Robert a fin de preguntarle el nombre exacto y la descripción de la muchacha con la esperanza de recibir su respuesta antes del día en que, según me había dicho el portero, iba a volver aquélla a ver a la Sra. de Guermantes y decidí ir —independientemente de lo que pudiera sucederme hasta entonces, aunque debiese hacer que me bajaran en silla de mano, en caso de estar enfermo— a hacer una visita (no pensaba ni por un segundo en ninguna otra cosa: ni siquiera en Albertine) a la misma hora a la duquesa. No telegrafié a Saint-Loup porque aún abrigara dudas sobre la identidad de la persona y la joven vista y aquella de la que éste me había hablado siguiesen siendo distintas para mí. No me cabía duda de que eran una sola, pero, con mi impaciencia por esperar al día señalado, me resultaba grato —era ya para mí como un poder secreto sobre ella— recibir un telegrama relativo a ella y con muchos detalles. En la oficina de telégrafos, mientras redactaba mi telegrama con la animación de un hombre enardecido por la esperanza, noté cuánto menos desarmado estaba entonces que en mi infancia y respecto de la Srta. d’Éporcheville que de Gilberte. A partir del momento en que mi único esfuerzo había sido el de escribir mi mensaje, el empleado lo tomaría, las redes más rápidas de comunicación eléctrica lo transmitirían por toda Francia y el Mediterráneo y todo el pasado juerguista de Robert se aplicaría a identificar a la persona que acababa yo de conocer, estaría al servicio de la novela que acababa yo de esbozar y en la que ya no necesitaba siquiera pensar, pues la respuesta iba a encargarse de concluirla en un sentido o en otro antes de que transcurrieran veinticuatro horas. En cambio, en tiempos, cuando en casa, a solas, tras regresar de los Campos Elíseos con Françoise, abrigaba deseos impotentes y no podía recurrir a los medios prácticos de la civilización, amaba como un salvaje o incluso —pues no tenía libertad de movimiento— como una flor. A partir de aquel momento, seguía, febril, el paso del tiempo; la posible ausencia de cuarenta y ocho horas, si accedía al deseo de mi padre de acompañarlo en un viaje y que me habría hecho perderme la visita a la casa de la duquesa, me inspiró tal rabia y desesperación, que mi madre se interpuso y consiguió que mi padre renunciara a mi compañía, pero durante varias horas no pudo apaciguarse mi cólera, mientras que mi deseo de la Srta. d’Éporcheville se había centuplicado por el obstáculo interpuesto entre nosotros, por el miedo que había sentido por un instante a que aquellas horas de mi visita a la casa de la Sra. de Guermantes —a las que no cesaba yo de sonreír por adelantado como a un bien seguro que nadie podría quitarme— no fueran reales. Algunos filósofos dicen que el mundo exterior no existe y que dentro de nosotros mismos es como desarrollamos nuestra vida. Sea como fuere, el amor, incluso en sus comienzos más humildes, es un ejemplo llamativo de lo poco que es la realidad para nosotros. Si hubiera tenido que dibujar de memoria un retrato de la Srta. d’Éporcheville, dar su descripción, sus señas, me habría resultado imposible, como también reconocerla incluso por la calle. La había divisado de perfil, en movimiento, me había parecido bonita, sencilla, alta y rubia, y no habría podido decir nada más, pero todas las reacciones del deseo, de la ansiedad, del golpe mortal asestado por el miedo a no verla, si mi padre me obligaba a acompañarlo, todo ello asociado a una imagen que, en resumidas cuentas, yo no conocía y respecto de la cual me bastaba con saber que era agradable, constituía ya un amor. Por fin, la mañana siguiente, después de una noche de insomnio, recibí el telegrama de Saint-Loup: DE L’ORGEVILLE, BAJITA, MORENA, REGORDETA, EN ESTE MOMENTO ESTÁ EN SUIZA. ¡No era ella!


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