La fugitiva

La fugitiva

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A todas las razones, debidas a la forma Guermantes de entender la vida mundana, que habían movido a la duquesa a adoptar la decisión de no dejar que le presentaran nunca a la Sra. y a la Srta. Swann, podemos añadir también la afortunada seguridad con la que las personas que no aman se mantienen apartadas de lo que censuran en los enamorados y que el amor de éstos explica. «¡Oh! Yo no quiero saber nada con eso; si al pobre Swann le divierte hacer tonterías y arruinar su existencia, es asunto suyo, pero con esas cosas nunca se sabe, todo eso puede acabar muy mal, conque, ¡allá ellos!». Es el suave mari magno que el propio Swann me aconsejaba respecto de los Verdurin, cuando hacía mucho que había dejado de estar enamorado de Odette y ya no le interesaba el pequeño clan. A eso se debe que resulten tan sensatos los juicios de terceros sobre las pasiones que no experimentan y las complicaciones de conducta que provocan. La Sra. de Guermantes había dedicado incluso a la exclusión de la Sra. y la Srta. Swann una perseverancia que había asombrado. Cuando la Sra. Molé y la Sra. de Marsantes habían empezado a hacer amistad con la Sra. Swann y a llevar a su casa un gran número de mujeres de la alta sociedad, no sólo se había mantenido inflexible la Sra. de Guermantes, sino que, además, se las había arreglado para cortar los lazos y que su prima, la princesa de Guermantes, la imitara. Uno de los días más graves de la crisis, en que, durante el ministerio de Rouvier, se creyó que iba a haber guerra entre Francia y Alemania, estando el Sr. de Bréauté y yo cenando solos en casa de la Sra. de Guermantes, encontré a la duquesa con expresión preocupada. Como era bastante aficionada a la política, yo creí que con ello quería mostrar su miedo a la guerra, así como —un día en que había venido a la mesa tan preocupada y sólo respondía con monosílabos— había contestado —a alguien que le preguntaba tímidamente por el objeto de su preocupación— con expresión grave: «China me inquieta». Ahora bien, al cabo de un momento, la Sra. de Guermantes, al explicar, a su vez, la expresión preocupada que yo había atribuido al miedo a una declaración de guerra, dijo al Sr. de Bréauté: «Dicen que Marie-Aynard quiere hacer un hueco a los Swann. Es absolutamente necesario que yo vaya mañana por la mañana a ver a Marie-Gilbert para que me ayude a impedirlo. Si no, se acabó la sociedad. El caso Dreyfus es muy bonito, pero entonces a la tendera de la esquina le bastará con declararse nacionalista y querer que, a cambio, la recibamos en casa». Y ante aquellas palabras tan frívolas en comparación con las que esperaba, yo había sentido el asombro del lector que, al buscar en la sección habitual de Le Figaro las últimas noticias de la guerra ruso-japonesa, se encuentra, en su lugar, con la lista de las personas que han hecho regalos de boda a la Srta. de Mortemart, pues la importancia de una boda aristocrática ha obligado a situar al final del periódico las batallas por tierra y por mar. Por lo demás, la duquesa acababa sintiendo, con su perseverancia mantenida más allá de toda medida, una satisfacción de orgullo que no perdía oportunidad de expresarse. «Babal», decía, «afirma que somos las dos personas más elegantes de París, porque sólo él y yo no nos dejamos saludar por la Sra. y la Srta. Swann. Ahora bien, asegura que la elegancia consiste en no conocer a la Sra. Swann». Y la duquesa se reía con todo su corazón.


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