La fugitiva

La fugitiva

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Sin embargo, cuando Swann hubo muerto, ocurrió que la decisión de no recibir a su hija ya había acabado de dar a la Sra. de Guermantes todas las satisfacciones de orgullo, independencia, self-government y persecución que podía obtener al respecto y a las cuales había puesto fin la desaparición de la persona que le brindaba la deliciosa sensación de que ella se le resistía, de que él no lograba hacerle revocar sus decretos. Entonces la duquesa había pasado a la promulgación de otros decretos que, al aplicarse a personas vivas, pudiesen hacerla sentirse dueña de obrar como le pareciese. No pensaba en la pequeña Swann, pero, cuando le hablaban de ella, la duquesa sentía una curiosidad, como de un lugar nuevo, que ya no servía para disimular a sí misma el deseo de resistirse a la pretensión de Swann. Por lo demás, tantos sentimientos diferentes pueden contribuir a formar uno solo, que no se podría decir si había algo de afecto a Swann en ese interés. Seguramente —pues en todas las capas de la sociedad una vida mundana y frívola paraliza la sensibilidad y priva de la capacidad para resucitar a los muertos— la duquesa era de las que necesitan la presencia —esa presencia que, como buena Guermantes, se pintaba sola para prolongar— para querer de verdad, pero también, cosa más rara, para detestar un poco. De modo, que con frecuencia sus buenos sentimientos para con las personas, suspendidos en vida de éstas por la irritación que tales o cuales de sus actos le causaban, renacían después de su muerte. Entonces sentía casi un deseo de reparación, porque ya sólo las imaginaba —y, por lo demás, muy vagamente— con sus cualidades y desprovistas de las pequeñas satisfacciones, las pequeñas pretensiones, que la irritaban cuando vivían, cosa que atribuía a veces, pese a la frivolidad de la Sra. de Guermantes, cierta nobleza —mezclada con mucha bajeza— a su conducta. Es que, mientras que las tres cuartas partes de los seres humanos halagan a los vivos y ya no tienen en cuenta en modo alguno a los muertos, ella hacía con frecuencia, después de su muerte, lo que habrían deseado aquellos a los que había tratado mal en vida.


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