La fugitiva
La fugitiva Delante de la puerta de Albertine, me encontré con una niña pobre que me miraba con ojos muy abiertos y parecÃa tan buena, que le pregunté si querÃa venir a mi casa, como lo habrÃa hecho a un perro de mirada fiel. Se le alegró la cara. En casa, la mecà un rato en mis rodillas, pero su presencia, al hacerme sentir demasiado la ausencia de Albertine, no tardó en resultarme insoportable y le rogué que se marchara, tras haberle entregado un billete de quinientos francos y, sin embargo, poco después, la idea de tener a alguna otra niña cerca de mÃ, pero no estar nunca solo sin el socorro de una presencia inocente, fue el único sueño que me permitió soportar la idea de que tal vez Albertine pasara algún tiempo sin regresar. En el caso de la propia Albertine, apenas existÃa en mà salvo en forma de su nombre, que, exceptuados algunos respiros al despertar, venÃa a inscribirse en mi cerebro y no cesaba de hacerlo. Si hubiera pensado en voz alta, lo habrÃa repetido sin cesar y mi verborrea habrÃa sido tan monótona, tan limitada, como si me hubiera convertido en pájaro, en un pájaro igual al de la fábula cuyo canto repetÃa sin fin el nombre de aquella a quien, siendo hombre, habÃa amado. Lo pensamos y, como lo callamos, parece que lo escribamos dentro de nosotros, que deje su huella en el cerebro y éste deba acabar —como una pared en la que alguien se haya divertido emborronándola— enteramente cubierto por el nombre mil veces reescrito de aquella a quien amamos. Lo reescribimos todo el tiempo en el pensamiento, mientras somos felices, y más aún, cuando somos desgraciados, y al repetir ese nombre que no nos da sino lo que ya sabemos, sentimos renacer, incesante, la necesidad, pero a la larga nos cansa. En el placer carnal ni siquiera pensaba en aquel momento; ni siquiera veÃa ante mi pensamiento la imagen de aquella Albertine, pese a ser la causa de semejante conmoción en mi ser, no columbraba su cuerpo y, si hubiera querido aislar la idea vinculada —pues nunca deja de haber alguna— con mi sufrimiento, habrÃa sido, alternativamente, la duda sobre las disposiciones con las que se habÃa marchado, con la intención de regresar o no, por una parte, y, por otra, los medios para volver a traerla. Tal vez haya un sÃmbolo y una verdad en el Ãnfimo lugar que ocupa en nuestra ansiedad aquella por quien la sentimos. Es que, en efecto, su propia persona tiene poco que ver, lo que tiene que ver casi totalmente es el proceso de emociones, angustias, que semejantes azares nos hicieron sentir en tiempos a propósito de ella y que la costumbre ha unido a ella. Lo que lo demuestra perfectamente es —más aún que el aburrimiento que sentimos en la felicidad— hasta qué punto ver o no ver a esa misma persona, ser estimado o no por ella, tenerla o no a nuestra disposición, nos parecerá algo indiferente, cuando ya sólo tengamos que plantearnos el problema —tan ocioso, que incluso dejaremos de hacerlo— en relación con la persona misma, por haber quedado olvidado el proceso de emociones y angustias, al menos en relación con ella, pues puede haberse desarrollado de nuevo, pero transferido a otra. Antes de eso, cuando aún estaba vinculada con ella, creÃamos que nuestra felicidad dependÃa de su persona: dependÃa sólo del fin de nuestra ansiedad. AsÃ, pues, nuestro inconsciente era más lúcido que nosotros mismos en aquel momento, al empequeñecer hasta tal punto la figura de la persona amada, a quien tal vez hubiéramos olvidado incluso, a quien podÃamos conocer mal y considerar mediocre, en el espantoso drama en el que de volver a encontrarla —para no esperarla más— podrÃa depender hasta nuestra propia vida: proporciones minúsculas de la figura de la mujer, efecto lógico y necesario de la forma como se desarrolla el amor, alegorÃa clara de su naturaleza subjetiva.