La fugitiva
La fugitiva La intención con la que Albertine se habÃa marchado era semejante seguramente a la de los pueblos que preparan la labor de su diplomacia mediante una demostración de su ejército. DebÃa de haberse marchado tan sólo para obtener de mà mejores condiciones, más libertad, más lujo. En ese caso, si hubiese yo tenido fuerzas para esperar —esperar el momento en que, al ver que no obtenÃa nada, habrÃa vuelto por sà sola—, quien habrÃa vencido —de nosotros dos— habrÃa sido yo, pero, si bien en las cartas, en la guerra, en las que lo único que importa es ganar, se pueden resistir los faroles, muy distintas son las condiciones que crean el amor y los celos, por no hablar del sufrimiento. Si para esperar, para «durar», dejaba yo a Albertine permanecer lejos de mà varios dÃas, varias semanas tal vez, arruinarÃa el que habÃa sido mi objetivo durante más de un año: no dejarla libre ni una sola hora. Si le dejaba tiempo, facilidad para engañarme todo lo que quisiera, todas mis precauciones resultarÃan inútiles, y, si al final se rendÃa, yo ya no podrÃa olvidar nunca más el tiempo en que ella habrÃa estado sola y, aun venciendo al final, el vencido en el pasado —es decir, irreparablemente— habrÃa sido yo.