La fugitiva

La fugitiva

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En cuanto a los medios para volver a traer a Albertine, tenían tantas más posibilidades de dar resultado cuanto más verosímil pareciera la hipótesis de que se hubiese marchado tan sólo con la esperanza de volver a ser solicitada con mejores condiciones y seguramente, para quienes no creían en la sinceridad de Albertine —sin lugar a dudas para Françoise, por ejemplo—, esa hipótesis lo era, pero para mi entendimiento, al que la explicación única de ciertos malos humores, de ciertas actitudes, había parecido, antes de que yo supiera algo, el proyecto concebido por ella de una marcha definitiva, resultaba difícil creer que, en vista de que se había producido su marcha, se tratase de una simple simulación. Digo para mi entendimiento, no para mí. La hipótesis de la simulación me resultaba tanto más necesaria cuanto que era más improbable y ganaba en fuerza lo que perdía en verosimilitud. Cuando nos vemos al borde del abismo y parece que Dios nos ha abandonado, ya no vacilamos en esperar de él un milagro. Reconozco que en toda aquella situación yo fui el más apático —aunque el más dolorido también— de los policías, pero su huida no me había devuelto las cualidades que la costumbre de hacerla vigilar por otros me había quitado. Sólo pensaba en una cosa: en encargar a otro aquella búsqueda. Aquel otro fue Saint-Loup, quien accedió. La ansiedad de tantos días, transferida a otro, me dio alegría y me estremecí, seguro del éxito y con las manos secas de pronto, como en el pasado, sin ese sudor con el que Françoise me había mojado al decirme: «La señorita Albertine se ha marchado». Como se recordará, cuando decidí vivir con Albertine e incluso casarme con ella, fue para retenerla, saber lo que hacía, impedirle reanudar sus hábitos con la Srta. Vinteuil. Había sido consecuencia del desgarramiento atroz de su revelación en Balbec, cuando ella me había dicho como la cosa más natural —y que, pese a tratarse de la mayor pena que había sentido hasta entonces en mi vida, fingí con éxito considerar de lo más natural— lo que ni en mis peores suposiciones habría tenido la audacia de imaginar jamás. (Resulta asombrosa la poca imaginación de los celos, que pasan el tiempo haciendo suposiciones falsas, cuando de lo que se trata es de descubrir la verdad). Ahora bien, aquel amor, nacido sobre todo de la necesidad de impedir a Albertine comportarse mal, había conservado posteriormente la huella de su origen. Estar con ella apenas me importaba, a poco que pudiera impedir a la «fugitiva» ir aquí o allá. Para lograrlo, había recurrido yo a los ojos, a la compañía, de quienes iban con ella y, con sólo que por la noche me hicieran un pequeño relato muy tranquilizador, mis inquietudes se esfumaban, convertidas en buen humor.


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