La fugitiva
La fugitiva Cuando el Sr. de Guermantes hubo terminado la lectura de mi artículo, me expresó cumplidos, mitigados, por lo demás. Lamentaba la forma un poco tópica de ese estilo en el que había «ampulosidad, metáforas como en la anticuada prosa de Chateaubriand»; en cambio, me felicitó sin reservas por «hacer algo»: «Me gusta que se haga algo con los diez dedos. No me gustan los inútiles que siempre están dándose importancia o haciendo aspavientos. ¡Tonta calaña!». Gilberte, que adquiría con extrema rapidez los modales de la alta sociedad, declaró lo orgullosa que iba a sentirse al decir que era amiga de un autor. «Ya lo creo que voy a decir que tengo el placer, el honor, de conocerte». «¿Quiere usted venir con nosotros, mañana, a la Ópera Cómica?», me preguntó la duquesa y yo pensé que sería seguramente en aquel mismo palco en el que la había yo visto por primera vez y que entonces me había parecido inaccesible como el reino submarino de las Nereidas, pero respondí con voz triste: «No, no voy al teatro. He perdido a una amiga a la que quería mucho». Tenía casi lágrimas en los ojos al decírselo, pero, aun así, por primera vez casi me daba cierto placer hablar de ello. A partir de aquel momento fue cuando empecé a escribir a todo el mundo que acababa de sentir una gran pena y a dejar de sentirla.