La fugitiva
La fugitiva El día siguiente, recibí dos cartas de felicitación que me asombraron mucho, una de ellas de la Sra. Goupil, señora de Combray a la que no había yo vuelto a ver desde hacía muchos años y a quien, incluso en Combray, no había dirigido ni tres veces la palabra. Había encontrado Le Figaro en una biblioteca. Así, cuando nos ocurre algo en la vida que tiene un poco de resonancia, nos llegan noticias de personas situadas tan lejos de nuestras relaciones y cuyo recuerdo es ya tan antiguo, que parecen situadas a una gran distancia, sobre todo en el sentido de la profundidad. Una amistad de colegio olvidada —y que tenía veinte ocasiones de recordarnos— nos da señales de vida, no sin compensaciones, por lo demás. Así, Bloch, cuya opinión sobre mi artículo tanto me habría gustado saber, no me escribió. Cierto es que había leído aquel artículo e iba a confesármelo más adelante, pero por carambola. En efecto, varios años después publicó, a su vez, un artículo en Le Figaro y deseó inmediatamente indicarme aquel acontecimiento. Como lo que consideraba un privilegio le correspondía también a él, pues la envidia que lo había hecho fingir ignorar mi artículo cedió como se eleva un compresor, me habló de él de forma muy diferente a como deseaba oír hablar del suyo: «He sabido que tú también», me dijo, «habías escrito un artículo, pero no me pareció oportuno hablarte de él, por temor a ser desagradable, pues no se debe hablar a los amigos de las cosas humillantes que les ocurren y una de ellas es la de publicar un artículo en el periódico del sable y el hisopo, de los five o’clock, sin olvidar la pila de agua bendita». Su carácter seguía siendo el mismo, pero su estilo se había vuelto menos precioso, como les ocurre a ciertos escritores que, cuando, por haber dejado de componer poemas simbolistas, escriben folletines, abandonan el manierismo.