La fugitiva
La fugitiva Para consolarme por su silencio, releí la carta de la Sra. de Goupil, pero carecía de calidez, pues, si bien la aristocracia tiene ciertas fórmulas que erigen empalizadas entre sí, entre el Señor del comienzo y los sentimientos distinguidos del final, gritos de alegría, de admiración, pueden brotar como flores y hacer inclinarse por encima de la empalizada su perfume encantador, pero el convencionalismo burgués encierra el propio interior de las cartas en una red de su éxito tan legítimo o como máximo su hermoso éxito. Unas cuñadas, fieles a la educación recibida y reservadas dentro de su blusa como Dios manda, creen haberse expansionado con la desgracia o el entusiasmo, si han escrito mis mejores pensamientos. El de mi madre se suma a mí es un superlativo con el que raras veces nos vemos agraciados. Recibí otra carta, además de la de la Sra. Goupil, pero el nombre, Sautton, me resultaba desconocido. Era una escritura popular, un lenguaje encantador. Sentí muchísimo no poder descubrir quién me había escrito.