La fugitiva

La fugitiva

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En cuanto a la Srta. de Forcheville, no podía yo por menos de pensar en ella con desconsuelo. ¡Cómo! Pese a ser la hija de su gran amigo Swann, quien tan dichoso habría sido viéndola en casa de los Guermantes, éstos se habían negado a recibirla y después —tras haber pasado el tiempo que renueva para nosotros, insufla otra personalidad, según lo que se dice de ellas, a las personas a las que no hemos visto desde hace mucho, desde que nosotros mismos, por haber cambiado de vida, hemos adquirido gustos nuevos— la habían buscado espontáneamente, pero, cuando Swann decía a veces a aquella hija, al tiempo que la estrechaba contra sí y la besaba: «Es bueno, querida, tener una hija como tú; un día, cuando yo ya no esté en este mundo, si se habla aún de tu pobre papá, será sólo contigo y por ti», con lo que abrigaba para después de su muerte una temerosa y ansiosa esperanza de supervivencia en su hija, se equivocaba tanto como el viejo banquero que, tras haber hecho testamento a favor de una bailarina a la que mantiene y que se comporta muy bien, se dice que sólo es para ella un gran amigo, pero que ella seguirá fiel a su recuerdo. Ella se comportaba muy bien, pero no por ello dejaba de acariciar con el pie bajo la mesa a los amigos del viejo banquero que le gustaban, pero todo ello muy oculto, con una apariencia excelente. Llevará el luto por ese hombre excelente, se sentirá liberada de él, aprovechará no sólo el dinero líquido, sino también las propiedades, los automóviles, que le ha dejado, hará borrar por todas partes las iniciales del antiguo propietario, que le dan un poco de vergüenza, y nunca asociará al goce del don la añoranza del donante. Las ilusiones del amor paterno tal vez no sean menores que las del otro; muchas hijas consideran a su padre simplemente el viejo que les deja su fortuna. La presencia de Gilberte en un salón en lugar de ser una oportunidad para que se hablara aún algunas veces de su padre era un obstáculo para que se aprovecharan aquellas —cada vez más escasas— que se podrían haber tenido de hacerlo. Incluso a propósito de las palabras que había pronunciado, de los objetos que había donado, se adoptó la costumbre de dejar de nombrarlo y aquella que debería haber rejuvenecido —si no perpetuado— su memoria resultó apresurar y consumar la obra de la muerte y del olvido.


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