La fugitiva

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Y no sólo en relación con Swann consumaba Gilberte poco a poco la labor del olvido: había apresurado en mí dicha labor respecto de Albertine. Por efecto del deseo y, por consiguiente, del deseo de felicidad que Gilberte había despertado en mí durante las pocas horas en que yo la había confundido con otra, ciertos sufrimientos, preocupaciones dolorosas, que poco antes obsesionaban aún mi pensamiento, me habían abandonado y se habían llevado consigo todo un bloque de recuerdos —probablemente pulverizados desde hacía mucho y precarios— relativos a Albertine. Es que, si bien recuerdos que estaban vinculados con ella habían contribuido primero a mantener en mí la pena por su muerte, la propia pena había asentado, a su vez, los recuerdos. De modo, que la modificación de mi estado sentimental, tal vez vagamente preparada día tras día por las continuas disgregaciones del olvido, pero realizada bruscamente en su conjunto, me dio la impresión —que recuerdo haber experimentado aquel día por primera vez— del vacío, de la supresión en mí de toda una porción de mis asociaciones de ideas, que experimenta un hombre una de cuyas arterias cerebrales, desgastada desde hacía mucho, se ha roto y en el cual toda una parte de la memoria queda abolida o paralizada. Yo había dejado de amar a Albertine. Como máximo, algunos días, cuando hacía uno de esos tiempos que, al modificar, al despertar, nuestra sensibilidad, vuelven a ponernos en relación con la realidad, me sentía cruelmente triste pensando en ella. Sufría por un amor que había dejado de existir. Así también los amputados, con ciertos cambios de tiempo, sienten dolor en la pierna que han perdido.


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