La fugitiva

La fugitiva

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En virtud de otra reacción, si no cabe duda de que es el tiempo el que trae progresivamente el olvido (aunque fue la distracción —el deseo de la Srta. d’Éporcheville— el que me devolvió de repente el olvido efectivo y sensible), éste no deja de alterar profundamente la noción del tiempo. En el tiempo hay errores ópticos, como los hay en el espacio. La persistencia en mí de una veleidad antigua de trabajar, de reparar el tiempo perdido, de cambiar de vida o, mejor dicho, comenzar a vivir, me infundía la falsa ilusión de que seguía siendo igualmente joven: sin embargo, el recuerdo de todos los acontecimientos que se habían sucedido en mi vida —y también en mi corazón, pues, cuando hemos cambiado mucho, nos vemos inducidos a suponer que hemos vivido más tiempo— durante aquellos últimos meses de la vida de Albertine había hecho que me parecieran mucho más largos que un año y aquel olvido de tantas cosas, al separarme de los espacios vacíos, de acontecimientos muy recientes que me hacían parecer antiguos, ya que había tenido lo que se llama «el tiempo» para olvidarlos, su interpolación, fragmentada, irregular, en medio de mi memoria —como una bruma espesa sobre el océano, que suprime los puntos de referencia de las cosas— era la que descomponía, dislocaba, mi sensación de las distancias —aquí estrechadas, allá distendidas— en el tiempo y me hacía creer —ora mucho más lejos ora mucho más cerca— cosas que no lo estaban en realidad y, como en los nuevos espacios aún no recorridos, que se extendían ante mí, no habría más rastros de mi amor a Albertine que en los tiempos perdidos que acababa de atravesar de mi amor a mi abuela, al ofrecer una sucesión de períodos bajo los cuales, después de cierto intervalo, nada de lo que sostenía el precedente subsistía en el que le seguía, mi vida me pareció algo desprovisto del apoyo de un yo individual idéntico y permanente, algo tan inútil en el futuro como largo en el pasado, algo que la muerte podría terminar aquí o allá, sin concluirlo en modo alguno, así como esos cursos de Historia de Francia que en Retórica se interrumpen indiferentemente, según la fantasía de los programas o de los profesores: en la revolución de 1830, en la de 1848 o al final del Segundo Imperio.


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