La fugitiva
La fugitiva Tal vez la fatiga y la tristeza que entonces sentí se debieran menos a haber amado en vano lo que ya estaba olvidando que a empezar a complacerme con nuevos vivos, puras personas de la alta sociedad, simples amigos de los Guermantes, tan poco interesantes por sí mismos. Tal vez me consolara más fácilmente de comprobar que aquella a la que había amado ya no era, al cabo de cierto tiempo, sino un pálido recuerdo que de volver a ver en mí esa vana actividad que nos hace perder el tiempo tapizando nuestra vida con una vegetación humana vivaz, pero parásita, que también pasará a ser nada, cuando haya muerto, que ya es extraña a todo lo que hemos conocido y a la que, sin embargo, intenta gustar nuestra charlatana, melancólica y coqueta senilidad. La persona nueva que soportaría fácilmente vivir sin Albertine había hecho su aparición en mí, ya que había podido hablar de ella en casa de la Sra. de Guermantes con palabras afligidas, sin sufrimiento profundo. Aquellos nuevos yoes que deberían llevar un nombre distinto del precedente, su posible aparición, por su indiferencia para con lo que yo amaba, siempre me habían horrorizado: en tiempos a propósito de Gilberte, cuando su padre me decía que, si me iba a vivir a Oceanía, no querría nunca más volver; muy recientemente, cuando había leído, con el corazón tan en un puño, las memorias de un escritor mediocre que, tras verse separado por la vida de una mujer a quien había adorado de joven, volvía a encontrarse con ella de viejo sin placer, sin ganas de volver a verla. Ahora bien, esa persona tan temida, tan benefactora y que no era sino uno de esos yoes de recambio que el destino mantiene en reserva para nosotros y con el que, sin escuchar nuestras plegarias más que un médico clarividente y tanto más autoritario, substituye, a nuestro pesar, mediante una intervención oportuna, el yo en verdad demasiado herido, me aportaba, al contrario, junto con el olvido, una supresión casi completa del sufrimiento, una posibilidad de bienestar. Por lo demás, hace ese recambio de vez en cuando, como el desgaste y la refacción de los tejidos, pero sólo le prestamos atención, si el antiguo entrañaba un gran dolor, un cuerpo extraño e hiriente, que nos asombra no volver a encontrar, con nuestra maravilla de habernos vuelto otro, un otro para el que el sufrimiento de su predecesor ya es sólo ajeno, aquel del que podemos hablar con conmiseración, porque no lo sentimos. Incluso nos es igual haber pasado por tantos sufrimientos, pues recordamos sólo confusamente haberlos padecido. Es posible que igualmente nuestras pesadillas por la noche sean espantosas, pero, al despertar, somos otra persona a la que nada importa que aquella a quien sucede haya debido huir en sueños de unos asesinos.