La fugitiva

La fugitiva

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Seguramente aquel yo conservaba aún algún contacto con el antiguo, así como un amigo, pese a sentir indiferencia ante un duelo, habla de él a las personas presentes con la tristeza conveniente y regresa de vez en cuando a la habitación en la que el viudo que le ha encargado recibir en su lugar sigue haciendo oír sus sollozos. Yo los emitía de nuevo cuando volvía a ser por un momento el antiguo amigo de Albertine, pero solía pasar enteramente a un personaje nuevo. No porque los otros hayan muerto se debilita nuestro afecto por ellos, sino porque nosotros mismos morimos. Albertine no tenía nada que reprochar a su amigo. Quien usurpaba su nombre era simplemente su heredero. Sólo se puede ser fiel a aquello que se recuerda y sólo se recuerda lo que se ha conocido. Mi nuevo yo, mientras crecía a la sombra del antiguo, había oído hablar a éste con frecuencia de Albertine; por mediación de él, de los relatos sobre ella que recogía, creía conocerla, le resultaba simpática, la amaba, pero era simplemente un cariño de segunda mano.







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