La fugitiva
La fugitiva «Pero, mi querida AndrĂ©e, vuelves a mentir. AcuĂ©rdate —tĂş misma me lo confesaste, yo te telefoneĂ© la vĂspera, Âżrecuerdas?— de que Albertine habĂa tenido tanto interĂ©s —y ocultándomelo como algo que yo no debĂa saber— en ir a la recepciĂłn de los Verdurin a la que debĂa acudir la Srta. Vinteuil». «SĂ, pero Albertine ignoraba absolutamente que la Srta. Vinteuil iba a asistir». «¡CĂłmo! TĂş misma me dijiste que, unos dĂas antes, se habĂa visto con la Sra. Verdurin. Por lo demás, AndrĂ©e, es inĂştil que nos engañemos uno al otro. Una mañana encontrĂ© un papel en la habitaciĂłn de Albertine: una nota de la Sra. Verdurin en la que la apremiaba a acudir a la recepciĂłn». Y le mostrĂ© aquella nota que, en efecto, Françoise se las habĂa arreglado para hacerme ver colocándola encima de las cosas de Albertine unos dĂas antes de su marcha y —me temo— para hacer creer a Albertine que yo habĂa estado hurgando entre sus cosas, hacerle saber, en cualquier caso, que yo habĂa visto aquel papel, y yo me habĂa preguntado con frecuencia si aquella astucia de Françoise no habrĂa influido en gran medida en la marcha de Albertine, al ver que ya no podĂa ocultarme nada y sentirse desanimada, vencida. Le enseñé el papel: No tengo el menor remordimiento, completamente disculpada por ese sentimiento tan familiar. «TĂş sabes perfectamente, AndrĂ©e, que Albertine siempre habĂa dicho que la amiga de la Srta. Vinteuil era, en efecto, para ella una madre, una hermana». «Pero ¡si es que has entendido mal esa nota! La persona a la que la Sra. Verdurin querĂa hacer coincidir en su casa con Albertine en modo alguno era la amiga de la Srta. Vinteuil, sino el prometido, el de “Estoy en las Ăşltimas”, y el sentimiento familiar es el que la Sra. Verdurin profesaba a ese canalla, quien es, en efecto, sobrino suyo. Sin embargo, creo que despuĂ©s Albertine supo que iba a asistir la Srta. Vinteuil: la Sra. Verdurin pudo hacĂ©rselo saber de pasada. Desde luego, la idea de que volverĂa a ver a su amiga le daba placer, le recordaba un pasado agradable, pero, como te alegrarĂas tĂş, si fueras a ir a un lugar, al saber que Elstir estarĂa en Ă©l, pero no más, ni siquiera tanto. No, si Albertine no querĂa decirte por quĂ© querĂa ir a casa de la Sra. Verdurin, es porque habĂa un ensayo al que la Sra. Verdurin habĂa convocado a muy pocas personas, entre ellas ese sobrino suyo a quien, al parecer, conociste en Balbec, a quien la Sra. Bontemps querĂa casar con Albertine y con quien Albertine querĂa hablar. Era un canalla de cuidado. Y, además, es que no es necesario buscar tantas explicaciones», añadiĂł AndrĂ©e. «Dios sabe cuánto querĂa yo a Albertine y lo buena persona que era ella, pero sobre todo desde que tuvo la fiebre tifoidea (un año antes de que tĂş nos conocieras a todas nosotras) era un verdadero cerebro quemado. De repente le asqueaba lo que hacĂa, tenĂa que cambiar y al instante incluso y seguramente ni siquiera ella sabĂa por quĂ©. ÂżRecuerdas el primer año en que viniste a Balbec, el año en que nos conociste? Un buen dĂa encargĂł que le enviaran un telegrama en el que le pedĂan que volviera a ParĂs: apenas si tuvimos tiempo de hacer sus maletas. Ahora bien, no tenĂa ningĂşn motivo para marcharse. Todos los pretextos que dio eran falsos. ParĂs le resultaba pesadĂsimo en aquel momento. Estábamos aĂşn todas en Balbec. El golf no habĂa cerrado e incluso las pruebas para la gran copa que tanto le habĂan interesado aĂşn no habĂan acabado. Seguro que habrĂa sido ella quien la habrĂa conseguido. SĂłlo faltaban ocho dĂas. Bueno, pues, se marchĂł corriendo. Con frecuencia volvĂ a hablar con ella de eso. Ella misma decĂa que no sabĂa por quĂ© se habĂa marchado, que habĂa sido por añoranza (de ParĂs, ¡imagĂnate si era probable!), que no se encontraba a gusto en Balbec, que habĂa gente que se burlaba —le parecĂa— de ella». Y yo pensaba que lo que de cierto habĂa en las palabras de AndrĂ©e era que, si bien las impresiones distintas que produce en tal o cual persona una misma obra, las diferencias de sentimiento, la imposibilidad de persuadir a una persona que no nos quiere, se explican por diferencias de mentalidad, tambiĂ©n hay las diferencias entre los caracteres, las particularidades de un carácter que asimismo motivan una acciĂłn. DespuĂ©s dejaba yo de pensar en aquella explicaciĂłn y me decĂa cuán difĂcil es saber la verdad en la vida. Yo habĂa advertido perfectamente el deseo de Albertine —y su disimulo— de ir a casa de la Sra. Verdurin y no me habĂa equivocado, pero es que, cuando disponemos asĂ de un hecho, los otros de los que sĂłlo tenemos siempre las apariencias —como el revĂ©s del tapiz, el revĂ©s real de la acciĂłn, de la intriga, además del de la inteligencia del corazĂłn— se nos escapan y sĂłlo vemos pasar siluetas insĂpidas de las que pensamos: «Es esto, es aquello: ha sido por ella o por tal otra». La revelaciĂłn de que la Srta. Vinteuil iba a acudir me habĂa parecido la explicaciĂłn, tanto más cuanto que Albertine se habĂa adelantado y me lo habĂa dicho. ÂżY acaso más adelante no se habĂa negado a jurarme que la presencia de la Srta. Vinteuil no le daba el menor placer? Y entonces recordĂ© a propĂłsito de aquel joven esto, que habĂa olvidado: poco tiempo antes, cuando Albertine vivĂa aĂşn en mi casa, me lo habĂa yo encontrado y, al contrario de su actitud en Balbec, habĂa estado excesivamente amable, afectuoso incluso, conmigo, me habĂa suplicado que le dejara venir a verme, cosa que yo le habĂa denegado por muchas razones. Ahora bien, entonces comprendĂ que, al saber que Albertine vivĂa en mi casa, simplemente habĂa querido ponerse a bien conmigo a fin de tener todas las facilidades para verla y quitármela y concluĂ que era un miserable. Ahora bien, cuando algĂşn tiempo despuĂ©s me interpretaron las primeras obras de aquel joven, seguramente seguĂ pensando que, si tanto habĂa querido venir a mi casa, habĂa sido por Albertine y, aun considerándolo culpable, recordĂ© que, si en tiempos habĂa ido yo a Doncières, para ver a Saint-Loup, habĂa sido en realidad porque amaba a la Sra. de Guermantes. Cierto es que no era el mismo caso: como Saint-Loup no amaba a la Sra. de Guermantes, tal vez hubiese en mi cariño un poco de duplicidad, pero en modo alguno traiciĂłn. Ahora bien, despuĂ©s pensĂ© que ese cariño a quien posee el bien que deseamos no dejamos de sentirlo, aun cuando esa persona lo aprecie y desee conservarlo. Seguramente en ese caso hay que luchar contra una amistad que conducirá derecha a la traiciĂłn y creo que eso es lo que yo siempre he hecho, pero para quienes no tienen la fuerza para hacerlo, no se puede decir que la amistad que fingen al poseedor sea una pura astucia; la sienten sinceramente y por eso la manifiestan con un ardor que, una vez perpetrada la traiciĂłn, hace que el marido o el amante engañado pueda decir con estupefacto coraje: «¡Si hubieras oĂdo las protestas de afecto que me prodigaba ese miserable! Que vengan a robar a un hombre su tesoro es algo que aĂşn entiendo, pero que sientan la diabĂłlica necesidad de asegurarle primero su amistad es un grado de ignominia y perversidad que no se puede imaginar». Ahora bien, no, no hay placer en la perversidad ni mentira totalmente lĂşcida siquiera. El afecto de esa clase que me habĂa manifestado aquel dĂa el seudoprometido de Albertine tenĂa otra disculpa, pues era algo más complejo que una simple derivaciĂłn del amor a Albertine. HacĂa poco que se consideraba, que se confesaba, que querĂa ser proclamado, un intelectual. Por primera vez existĂan para Ă©l valores distintos de los deportivos o juerguistas. Como Elstir y Bergotte me estimaban, como Albertine le habĂa hablado seguramente de cĂłmo juzgaba yo a los escritores y de cĂłmo se imaginaba ella que habrĂa podido escribir yo mismo, de repente me habĂa yo convertido (para el hombre nuevo que Ă©l se consideraba por fin) en alguien interesante, con quien serĂa grato tener amistad, a quien le habrĂa gustado confiar sus proyectos, tal vez pedir que le presentara a Elstir. De modo, que era sincero al preguntarme si podĂa venir a mi casa, al expresarme una simpatĂa a la que razones intelectuales, al mismo tiempo que un reflejo de Albertine, infundĂan sinceridad. Seguramente no era para eso para lo que deseaba tanto venir a mi casa y lo habrĂa dejado todo por ello, pero tal vez Ă©l mismo ignorara esa razĂłn Ăşltima que no hacĂa sino elevar a algo asĂ como un paroxismo apasionado las dos primeras y las otras dos existĂan realmente, como habĂa podido existir realmente en Albertine, cuando habĂa querido ir, la tarde del ensayo, a casa de la Sra. Verdurin, el placer perfectamente honesto que habrĂa sentido al volver a ver a unas amigas de la infancia, quienes eran para ella tan poco viciosas como ella para ellas, al charlar con ellas, al mostrarles, con su simple presencia en casa de los Verdurin, que la pobre muchacha que habĂan conocido estaba ahora invitada en un salĂłn destacado, el placer tambiĂ©n que tal vez habrĂa sentido al oĂr la mĂşsica de Vinteuil. Si todo aquello era cierto, el rubor que habĂa cubierto la cara de Albertine, cuando yo habĂa hablado de la Srta. Vinteuil, se debĂa a que me habĂa referido a aquella reuniĂłn vespertina que ella habĂa querido ocultarme para que no me enterara de aquel proyecto de matrimonio. La negativa de Albertine a jurarme que no sentirĂa el menor placer al volver a ver en dicha recepciĂłn a la Srta. Vinteuil habĂa aumentado en aquel momento mi tormento, habĂa reforzado mis sospechas, pero me demostraba retrospectivamente que habĂa querido ser sincera e incluso por algo inocente, tal vez precisamente porque era algo inocente. Ahora bien, quedaba lo que AndrĂ©e me habĂa dicho sobre sus relaciones con Albertine. Sin embargo, tal vez sin llegar incluso hasta el extremo de creer que AndrĂ©e las inventaba enteramente para que yo no fuera feliz y no pudiese creerme superior a ella, podĂa yo aĂşn suponer que habĂa exagerado un poco tambiĂ©n lo que hacĂa con Albertine y que Ă©sta atenuaba un poco, mediante restricciĂłn mental, lo que habĂa hecho con AndrĂ©e, recurriendo jesuĂticamente a ciertas definiciones que yo habĂa cometido la estupidez de formular al respecto, por considerar que sus relaciones con AndrĂ©e no quedaban fuera del ámbito sobre el que debĂa confesar y que podĂa negarlas sin mentir, pero Âżpor quĂ© habĂa yo de creer que era ella y no AndrĂ©e la que mentĂa? La verdad y la vida son muy arduas y de ellas me quedaba, sin que, en resumidas cuentas, las conociera, una impresiĂłn en la que tal vez prevaleciese aĂşn la fatiga sobre la tristeza.