La fugitiva
La fugitiva Sin ser precisamente de ésos, tal fuera yo a saber, ahora que Albertine estaba muerta, el secreto de su vida, pero ¿acaso no demuestra eso, esas indiscreciones que sólo se producen después de que haya acabado la vida terrenal de una persona, que nadie cree, en el fondo, en una vida futura? Si esas indiscreciones son verdaderas, deberíamos temer el resentimiento de aquella cuyas acciones descubrimos tanto en el día en que la encontraremos en el Cielo como cuando vivía y nos creíamos obligados a ocultar nuestro secreto, y, si esas indiscreciones son falsas, inventadas, porque ya no está presente para desmentirlas, deberíamos temer más aún la cólera de la muerta, si creyéramos en el Cielo, pero nadie cree en él. De modo, que era posible que en el corazón de Albertine se hubiera representado un gran drama entre quedarse y abandonarme, pero que el abandonarme tuviera que ver con su tía o con aquel joven y no con las mujeres, en las que tal vez no hubiera pensado. Lo más grave para mí fue que Andrée, quien, pese a no tener ya nada más que ocultarme sobre las costumbres de Albertine, me juró que nada había habido de esa clase entre ésta, por un lado, y la Srta. Vinteuil y su amiga, por otro (la propia Albertine ignoraba sus inclinaciones, cuando las había conocido, y éstas, por ese miedo a equivocarnos en el sentido que deseásemos que engendra tantos errores como el propio deseo, la consideraban muy hostil a esas cosas. Tal vez mucho después se hubieran enterado de su coincidencia de gustos con ellas, pero entonces ya conocían demasiado a Albertine y ésta las conocía demasiado a ellas, para poder siquiera pensarlo juntas). En una palabra, yo seguía sin comprender mejor por qué me había dejado Albertine. Si bien la cara de una mujer es difícilmente aprehensible para los ojos que no pueden aplicarse a toda esa superficie en movimiento, a los labios, y más aún a la memoria, si bien unas nubes la modifican según su posición social, según la altura en que estén situados, ¡qué cortina tanto más espesa aún hay entre las acciones de ella que no vemos y sus móviles! Los móviles están en un plano más profundo, que no vislumbramos, y, por lo demás, engendran acciones distintas de aquellas que conocemos y con frecuencia en absoluta contradicción con ellas. ¿En qué época no ha habido un hombre público, considerado un santo por sus amigos, y que, según se descubre, ha cometido fraudes, ha robado al Estado, ha traicionado a su patria? ¡Cuántas veces un gran señor es robado todos los años por un intendente al que ha criado y del que habría jurado que era un buen hombre y tal vez lo fuese! Ahora bien, esa cortina que oculta los móviles de los demás, ¡cuánto más impenetrable se vuelve, si sentimos amor por una persona! Es que nubla nuestro juicio y también las acciones de la que, al sentirse amada, deja de repente de conceder valor a lo que, de lo contrario, lo habría tenido para ella, como la fortuna, por ejemplo. Tal vez la mueva también a fingir en parte ese desdén por la fortuna la esperanza de obtener más haciendo sufrir. También puede mezclarse con lo demás el regateo e incluso hechos positivos de su vida, una intriga que no confió a nadie por miedo de que nos la revelaran, que muchos, aun así, tal vez habrían conocido, si hubieran tenido el mismo deseo apasionado de conocerla que nosotros conservando mayor libertad mental, despertando en la interesada menos sospechas, una intriga que algunos tal vez no hayan ignorado, pero no los conocemos y no sabríamos dónde encontrarlos. Y, entre todas las razones para tener con nosotros una actitud inexplicable, hay que incluir esas singularidades de carácter que incitan a una persona —ya sea por negligencia de su interés, por odio, por amor de la libertad, por bruscos impulsos de cólera o por miedo a lo que pensarán ciertas personas— a hacer lo contrario de lo que pensábamos y, además, hay que tener en cuenta las diferencias de ambiente, de educación, en las que no queremos creer, porque, cuando hablamos, las borramos de las palabras, pero que volvemos a encontrar cuando estamos solos para dirigir los actos de cada cual desde un punto de vista tan opuesto, que no hay un verdadero encuentro posible.