La fugitiva
La fugitiva Pero sobre todo hay que pensar esto: por una parte, la mentira es con frecuencia un rasgo de carácter; por otra, en mujeres que, de lo contrario, no serÃan mentirosas, es una defensa natural, improvisada, y después organizada cada vez mejor, contra un peligro súbito y que podrÃa destruir cualquier vida: el amor. Por otra parte, no siempre es casualidad que los hombres intelectuales y sensibles se entreguen siempre a mujeres insensibles e inferiores y, sin embargo, no las rechacen, si la prueba de que en modo alguno son amados los cura de sacrificarlo todo para conservarlas junto a sÃ. Si digo que semejantes hombres necesitan sufrir, expreso algo exacto, al suprimir las verdades preliminares que hacen de esa necesidad —involuntaria en cierto sentido— de sufrir una consecuencia perfectamente comprensible de ellas, sin contar con que las personas enteras son poco comunes: una persona muy intelectual y sensible tendrá generalmente poca voluntad, será juguete de la costumbre y de ese miedo a sufrir en el minuto siguiente que condena a los sufrimientos perpetuos y en esas condiciones nunca querrá repudiar a la mujer que no lo ama. Asombrará que se contente con tan poco amor, pero tal vez habrÃa que imaginar el dolor que puede causarle su amor y por el que no se debe compadecerlo demasiado, pues con esas terribles conmociones que nos provocan el amor desdichado, la partida, la muerte de una amante ocurre como con esos ataques de parálisis que al principio nos fulminan, pero después de los cuales los músculos suelen recuperar poco a poco su elasticidad, su energÃa vital. Además, ese dolor no carece de compensación. Esas personas intelectuales y sensibles suelen ser poco dadas a la mentira. Ésta las coge tanto más desprevenidas cuanto que, incluso cuando son muy inteligentes, viven en el mundo de lo posible, reaccionan poco, viven con el dolor que una mujer acaba de infligirles en lugar de con la clara percepción de lo que ésta querÃa, de lo que hacÃa, de aquel a quien amaba, con la que cuentan las personas voluntariosas y que la necesitan para precaverse contra el futuro, en lugar de llorar el pasado. AsÃ, pues, esas personas se sienten engañadas sin saber demasiado cómo. Con ello la mujer mediocre, amada —cosa que resultaba asombrosa— por ellas les enriquece mucho más su universo que una mujer inteligente. Detrás de cada una de sus palabras sienten una mentira; detrás de cada casa a la que dice haber ido, otra casa; detrás de cada acción, de cada persona, otra acción, otra persona. Seguramente no saben cuáles, no tienen la energÃa, tal vez no tendrÃan la posibilidad, de llegar a saberlo. Una mujer mentirosa con un truco extraordinariamente sencillo puede embaucar, sin molestarse en cambiarlo, a gran número de personas y, más aún, a la misma, que deberÃa haberlo descubierto. Todo eso crea frente al intelectual sensible un universo rebosante de profundidades que sus celos desearÃan sondear y que no dejan de interesar a su inteligencia.