La fugitiva
La fugitiva Cuando Andrée se hubo marchado, llegó la hora de la cena. «Nunca adivinarías quién me ha visitado durante al menos tres horas», me dijo mi madre. «Cuento tres horas, pero tal vez hayan sido más, había llegado casi al mismo tiempo que la primera persona, que era la Sra. de Cottard, después ha visto, sin moverse, entrar y salir a mis diferentes visitas —y he tenido más de treinta— y no me ha dejado hasta hace un cuarto de hora. Si no hubieras estado con tu amiga Andrée, te habría mandado llamar». «Pero bueno, ¿quién era?». «Una persona que nunca hace visitas». «¿La princesa de Parma?». «Está visto que tengo un hijo más inteligente de lo que creía. No es un placer hacerte buscar un nombre, pues lo encuentras en seguida». «¿Se ha disculpado por su frialdad de ayer?». «No, eso habría sido una estupidez, su visita era precisamente para disculparse; a tu pobre abuela le habría parecido muy bien. Al parecer, hacia las dos ha preguntado, por mediación de un lacayo, si tenía yo un día en el que recibiese. Le han respondido que era precisamente hoy y ha subido». Mi primera idea, que no me atreví a decir a mi madre, fue la de que la princesa de Parma, rodeada la víspera de personas brillantes con las que tenía mucha amistad y con las que le gustaba charlar, había sentido, al ver entrar a mi madre, un despecho que no había intentado disimular. Y era algo muy del estilo de las grandes señoras alemanas —a las que, por lo demás, habían adoptado mucho los Guermantes, auténtico depósito de cadáveres— que creían poder reparar con una amabilidad escrupulosa, pero mi madre creyó —y también yo después— que la princesa de Parma pura y simplemente no la había reconocido, no había considerado que debiera ocuparse de ella, que, después de que se marchara mi madre, se había enterado de quién era, ya fuese por mediación de la duquesa de Guermantes, a quien mi madre se había encontrado abajo, o por la lista de las visitantes a las que los ujieres, antes de que entraran, preguntaban su nombre para inscribirlo en un registro. Le había parecido poco amable mandar a decir o decir a mi madre: «No la he reconocido», pero había pensado, cosa que no se ajustaba menos a la cortesía de las cortes alemanas y a los modales Guermantes que mi primera versión, que una visita, cosa excepcional por parte de la Alteza, y sobre todo de varias horas, proporcionaría a mi madre, en forma indirecta e igualmente persuasiva, esa explicación, como así fue, en efecto, pero no me detuve a pedir a mi madre un relato de la princesa, pues acababa de recordar varios hechos relativos a Albertine sobre los cuales quería —y había olvidado— preguntar a Andrée. Por lo demás, ¡qué poco sabía, sabría jamás, de aquella historia de Albertine, la única que me habría interesado en particular, que al menos empezaba a interesarme de nuevo en ciertos momentos! Es que el hombre es ese ser sin edad fija, ese ser que tiene la facultad de volverse de nuevo en unos segundos muchos años más joven y que, rodeado de las paredes del tiempo en que ha vivido, flota en él, pero como en un estanque en el que el nivel cambiara constantemente y le pusiera al alcance ora una época ora otra. Escribí a Andrée para pedirle que volviese. No pudo hacerlo hasta una semana después. Casi ya al comienzo de su visita, le dije: «En una palabra, puesto que afirmas que Albertine ya no hacía esa clase de cosas, cuando vivía aquí, para hacerlo más libremente fue, según tú, para lo que me abandonó, pero ¿con qué amiga?». «Desde luego que no, no fue por nada de todo eso». «Entonces, ¿porque yo era demasiado desagradable?». «No, no lo creo. Creo que se vio obligada a dejarte por su tía, quien tenía proyectos para ella sobre ese canalla, ya sabes, ese joven al que tú llamabas “Estoy en las últimas”, ese joven que amaba a Albertine y la había solicitado. Al ver que tú no te casabas con ella, temieron que la chocante prolongación de su estancia en tu casa impidiera a ese joven casarse con ella. La Sra. Bontemps, a quien el joven no dejaba de presionar, pidió a Albertine que volviera. Ésta, en el fondo, necesitaba a su tío y a su tía y, cuando supo que la obligaban a tomar una decisión, te dejó». Con mis celos, yo nunca había pensado en aquella explicación, sino sólo en los deseos de Albertine sobre las mujeres y en mi vigilancia, y había olvidado que existía también la Sra. Bontemps, quien podía considerar extraño un poco más tarde lo que había chocado a mi madre desde el comienzo. Al menos la Sra. Bontemps temía que chocara a aquel posible prometido que ésta le reservaba como una pera para la sed, si yo no me casaba con ella. Es que Albertine, al contrario de lo que había creído en tiempos la madre de Andrée, había encontrado, en una palabra, un buen partido burgués y, cuando había querido ir a ver a la Sra. Verdurin, cuando le había hablado en secreto, cuando se había enfadado tanto de que yo hubiera ido a aquella velada sin avisarla, la intriga que había entre la Sra. Verdurin y ella tenía por objeto la de hacer que se reuniera —no con la Srta. Vinteuil, sino— con el sobrino que amaba a Albertine y para quien la Sra. Verdurin, con esa satisfacción de contribuir a la realización de uno de esos matrimonios que sorprenden por parte de ciertas familias en cuya mentalidad no entra completamente, no perseguía un matrimonio rico. Ahora bien, yo no había vuelto a pensar en aquel sobrino, que tal vez hubiese sido el despabilador, gracias al cual ella me había besado por primera vez, y había que substituir todo el plan de las inquietudes de Albertine, que yo había preparado, por otro o superponerle otro, pues tal vez no lo excluyera, ya que el gusto por las mujeres no impide casarse a una mujer. ¿Sería de verdad aquel matrimonio la razón de la marcha de Albertine y no había querido decirlo por amor propio, para no parecer que dependía de su tía o para forzarme a casarme con ella? Estaba yo empezando a darme cuenta de que el sistema de las numerosas causas de una sola acción, al que Albertine era adepta en sus relaciones con sus amigas, cuando hacía creer a cada una de ellas que por ella era por la que había acudido, era como un simple símbolo artificial, querido, de los diferentes aspectos que adopta una acción según el punto de vista en que nos situemos. No fue la primera vez ni la última en que sentí asombro y vergüenza, en cierto modo, de no haber pensado ni una sola vez que Albertine estaba en mi casa en una posición falsa que podía molestar a su tía. ¡Cuántas veces me ha ocurrido, tras haber intentado comprender las relaciones entre dos personas y las crisis que entrañan, oír de repente a una tercera hablarme de ellas desde su punto de vista —por tener relaciones más intensas aún con una de las dos—, que tal vez fuera la causa de la crisis! Y, si los actos resultan así de inciertos, ¿cómo no habrían de serlo las personas? Al oír a las personas según las cuales Albertine era una tunanta que había intentado conseguir casarse con tal o cual, no resulta difícil suponer cómo habrían calificado su vida en mi casa y, sin embargo, había sido, en mi opinión, una víctima, tal vez no totalmente pura, pero en ese caso culpable por otras razones, por los vicios de los que no se hablaba.