La fugitiva
La fugitiva ¿Y guardaban aquellos encantos que, para atraerme, materializaban asà las partes novicias, peligrosas, mortales, de una persona una relación de causalidad más directa que la exuberancia seductora y el jugo envenenado de ciertas flores venenosas? Tal vez fuera —me decÃa yo— el propio vicio de Albertine, causa de mis sufrimientos futuros, el que habÃa producido en ella aquellos modales buenos y francos, que infundÃan la ilusión de vivir con ella la misma camaraderÃa leal y sin restricciones que con un hombre, asà como un vicio paralelo habÃa producido en el Sr. de Charlus una finura femenina de sensibilidad y gracia. En medio de la más completa ceguera, la perspicacia subsiste en forma de predilección y ternura, por lo que no es adecuado hablar en materia de amor de mala elección, ya que, en cuanto la hay, sólo puede ser mala. «¿Dabais aquellos paseos a las Buttes-Chaumont cuando venÃas a buscarla a casa?». «¡Oh, no! Desde el dÃa en que Albertine volvió de Balbec contigo, salvo lo que te he contado, nunca volvió a estar conmigo. Ni siquiera volvió a permitirme que le hablara de esas cosas». «Pero, querida Andrée, ¿por qué me mientes de nuevo? Por una de las mayores casualidades, pues nunca intento saber nada, me he enterado hasta con los detalles más precisos de las cosas de esa clase que Albertine hacÃa —puedo precisártelo— al borde del agua con una lavandera, tan sólo unos dÃas antes de su muerte». «¡Ah! Tal vez después de haberte dejado, eso no lo sé. TenÃa la sensación de que no iba a poder —no podrÃa nunca más— recuperar tu confianza». Estas últimas palabras me abrumaron. Después volvà a pensar en la rama de jeringuilla, recordaba que unos quince dÃas después, como mis celos cambiaban sucesivamente de objeto, habÃa yo preguntado a Albertine si habÃa tenido alguna vez relaciones con Andrée y me habÃa respondido: «¡Oh, nunca! Desde luego, adoro a Andrée; siento un afecto profundo por ella, pero como a una hermana, y, aunque tuviera las inclinaciones que tú pareces creer, es la última persona en la que habrÃa pensado para eso. Puedo jurártelo por todo lo más sagrado, por mi tÃa, por la tumba de mi pobre madre». Yo la creà y, sin embargo, aunque no hubiera sentido desconfianza por la contradicción entre sus semiconfesiones de otro tiempo sobre cosas que habÃa negado después, nada más ver que no me resultaban indiferentes, deberÃa haber recordado yo el convencimiento de Swann sobre el platonismo de las amistades del Sr. de Charlus, como me lo afirmó la noche misma en que habÃa yo visto al chalequero y al barón en el patio; deberÃa haber pensado que hay dos mundos, uno delante de otro: uno constituido por las cosas que las personas mejores, más sinceras, dicen y detrás el compuesto por la sucesión de lo que esas mismas personas hacen, por lo que, cuando una mujer casada nos dice de un joven: «¡Oh! Es totalmente cierto que siento una amistad inmensa por él, pero es algo muy inocente, muy puro, podrÃa jurarlo por el recuerdo de mis padres», deberÃamos —en lugar de vacilar— jurarnos a nosotros mismos que probablemente sale del cuarto de baño, adonde, después de cada una de las citas que ha tenido con ese joven, se precipita, para no tener hijos. La rama de jeringuilla me infundÃa una tristeza mortal y también que Albertine me hubiera creÃdo, me hubiese calificado de pérfido y hubiera dicho que yo la detestaba y tal vez más que nada sus mentiras, tan inesperadas, que me costaba asimilarlas a mi pensamiento. Un dÃa me habÃa contado que habÃa estado en un campo de aviación, que era amiga del aviador (seguramente para desviar mis sospechas de las mujeres, por pensar que yo sentÃa menos celos de los hombres), que resultaba divertido ver lo maravillada que estaba Andrée ante aquel aviador, ante todas las cortesÃas que dedicaba a Albertine, hasta el punto de que Andrée habÃa querido dar un paseo en avión con él. Ahora bien, todo aquello era totalmente inventado, Andrée nunca habÃa ido a aquel campo de aviación, etcétera.