La fugitiva
La fugitiva Volviendo a la visita de Andrée, después de la revelación que acababa de hacerme sobre sus relaciones con Albertine, añadió que la razón principal por la que Albertine me habÃa dejado era por lo que pudiesen pensar sus amigas de la panda y otras más, al verla vivir asÃ, en casa de un joven con quien no estaba casada: «Ya sé que era en casa de tu madre, pero eso no importa. No sabes lo que es todo ese mundo de las chicas, lo que se ocultan unas a otras, cómo temen la opinión ajena. He visto a algunas mostrarse de una severidad terrible con algunos muchachos simplemente porque conocÃan a sus amigas y temÃan que se repitieran ciertas cosas y el azar me las ha mostrado muy diferentes, muy a su pesar». Unos meses antes, aquel saber que parecÃa tener Andrée sobre los móviles a los que obedecen las muchachas de la pandilla no habrÃa parecido el más precioso del mundo. Tal vez lo que decÃa bastara para explicar que Albertine, quien se me habÃa entregado después en ParÃs, se me hubiera negado en Balbec, donde veÃa yo constantemente a sus amigas, cosa que yo consideraba —absurdamente— tan gran ventaja para mis relaciones con ella. Tal vez por haber visto algunas muestras de confianza con Andrée por mi parte o porque hubiese yo dicho imprudentemente a ésta que Albertine iba a acostarse en el Gran Hotel fuera por lo que ésta, quien, una hora antes, tal vez estuviera dispuesta a concederme ciertos placeres como la cosa más sencilla, habÃa cambiado bruscamente y habÃa amenazado con llamar al timbre, pero entonces debÃa de haberse mostrado fácil con otros. Aquella idea despertó mis celos y dije a Andrée que querÃa pedirle algo. «¿Lo hacÃais en ese piso de tu abuela?». «¡Oh, no! No habrÃamos estado tranquilas». «Anda, pues yo creÃa, me parecÃa…». «Por lo demás, a Albertine le gustaba hacerlo sobre todo en el campo». «¿Dónde?». «En tiempos, cuando no tenÃa tiempo para ir lejos, Ãbamos a las Buttes-Chaumont, conocÃa una casa allà o, si no, bajo los árboles, donde no habÃa nadie; también en la gruta del Petit Trianon». «Ya lo ves: ¿cómo puedo creerte? No hace un año me juraste que no habÃas hecho nada en las Buttes-Chaumont». «TemÃa apenarte». Como ya he dicho, pensé —sólo, que mucho más tarde— que, al contrario, aquella segunda vez, el dÃa de las confesiones, Andrée habÃa intentado apenarme y, si aún hubiera amado tanto a Albertine, en seguida se me habrÃa ocurrido la idea, mientras hablaba, porque habrÃa sentido la necesidad, pero la declaración de Andrée no me hacÃa bastante daño para que me resultara indispensable considerarla inmediatamente mendaz. En una palabra, si lo que decÃa Andrée era verdad —y al principio no lo puse en duda—, la Albertine real que descubrÃa yo, después de haber conocido tantas apariencias diversas de ella, diferÃa muy poco de la muchacha orgiástica aparecida y adivinada, el primer dÃa, en el malecón de Balbec y que posteriormente me habÃa ofrecido tantas facetas, asà como va modificándose sucesivamente la disposición de los edificios de una ciudad, hasta aplastar, borrar, el monumento capital que se veÃa sólo a lo lejos, al acercarnos a ella, pero cuyas proporciones verdaderas, cuando la conocemos bien y la juzgamos exactamente, eran las que la perspectiva del primer vistazo habÃa indicado, pues el resto, por donde habÃamos pasado, no era otra cosa que esa serie sucesiva de lÃneas de defensa que todas las personas levantan contra nuestra visión y que debemos salvar una tras otra, a costa de a saber cuántos sufrimientos, antes de llegar al corazón. Por lo demás, si bien no necesité creer absolutamente en la inocencia de Albertine, porque mi sufrimiento habÃa disminuido, puedo decir, recÃprocamente, que, si no sufrà demasiado por aquella revelación, fue porque, desde hacÃa un tiempo, la creencia que me habÃa yo forjado de la inocencia de Albertine habÃa quedado substituida poco a poco y sin que me diera cuenta por la —siempre presente en m× de su culpabilidad. Ahora bien, si yo ya no creÃa en la inocencia de Albertine, era porque ya no la necesitaba, ya no tenÃa el deseo apasionado de creerlo. El deseo es el que engendra la creencia y, si por lo general no nos damos cuenta, es porque la mayorÃa de los deseos creadores de creencias sólo desaparecen —al contrario del que me habÃa convencido de que Albertine era inocente— junto con nosotros mismos. A tantas pruebas que corroboraban mi primera versión habÃa yo preferido estúpidamente las simples afirmaciones de Albertine. ¿Por qué hube de creerla? La mentira es esencial para la Humanidad. Tal vez desempeñe en ella un papel tan importante como la búsqueda del placer y, por lo demás, va dirigida por dicha búsqueda. Se miente para proteger el placer propio o el honor, si la divulgación del placer es contraria a este último. Mentimos toda la vida incluso —o sobre todo o tal vez sólo— a quienes nos aman. En efecto, éstos son los únicos que nos hacen temer por nuestro placer y desear su estima. Al principio habÃa yo creÃdo culpable a Albertine y sólo mi deseo, que empleó en una labor de duda las fuerzas de mi inteligencia, me habÃa descaminado. Tal vez vivamos rodeados de indicaciones eléctricas, sÃsmicas, que hemos de interpretar de buena fe para conocer la verdad de los caracteres. Si debo decirlo, por mucho que, pese a todo, me entristecieran las palabras de Andrée, me parecÃa más hermoso que la realidad resultara concordar, por fin, con lo que mi instinto habÃa presentido en principio más que con el miserable optimismo al que más adelante habÃa yo cedido cobardemente. PreferÃa que la vida estuviera a la altura de mis intuiciones. Por lo demás, ¿acaso no coincidÃan éstas —que yo habÃa tenido el primer dÃa en la playa, cuando habÃa creÃdo que aquellas muchachas encarnaban el frenesà del placer, el vicio, y también la noche en que habÃa visto a la institutriz de Albertine hacer entrar a aquella muchacha apasionada en el hotelito, asà como se mete a empujones una fiera en su jaula, a la que, pese a las apariencias, no habrá después modo de domesticar— con lo que me habÃa dicho Bloch, cuando me habÃa vuelto tan hermosa la Tierra, al mostrarme en ella —y hacerme estremecer en todos mis paseos, en cada encuentro— la universalidad del deseo? Tal vez valiera más que, pese a todo, yo no hubiese encontrado de nuevo —verificadas— aquellas intuiciones primeras hasta ahora. Mientras conservaba todo mi amor a Albertine, me habrÃan hecho sufrir demasiado y era mejor que sólo subsistiese de ellas un rastro, mi perpetua sospecha de las cosas que no veÃa y que, sin embargo, ocurrieron continuamente tan cerca de mà y tal vez otro rastro más, anterior, mayor, que era mi propio amor. En efecto, ¿acaso no era, pese a todas las denegaciones de mi razón, conocer en todo su horror a Albertine, elogiarla, amarla? ¿Y acaso no es el amor, incluso en los momentos en que se adormece la desconfianza, su persistencia y una transformación? ¿Acaso no es una prueba de clarividencia (ininteligible para el amante mismo), ya que el deseo, al orientarse siempre hacia lo más opuesto a nosotros, nos obliga a amar lo que nos hará sufrir? Desde luego, en el encanto de una persona —en sus ojos, en su boca, en su talle— intervienen elementos desconocidos para nosotros que son los que pueden hacernos más desdichados, por lo que sentirnos atraÃdos por esa persona, comenzar a amarla, es, por inocente que la supusiéramos, leer ya, en una versión diferente, todas sus traiciones y sus faltas.