La fugitiva

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Por lo que se refiere al joven deportivo, sobrino de los Verdurin, a quien había yo conocido en mis dos estancias en Balbec, conviene decir accesoriamente y por anticipación que, un poco después de la visita de Andrée, cuyo relato reanudaremos dentro de un instante, ocurrieron cosas que causaron una gran impresión. En primer lugar, aquel joven (tal vez como recuerdo de Albertine, a la que —cosa que no sabía yo entonces— había amado) se prometió con Andrée y se casó con ella, pese a la desesperación de Rachel, a quien no tuvo en cuenta en modo alguno. Entonces (es decir, unos meses después de las visitas a que me refiero) Andrée dejó de decir que era un miserable y más adelante me di cuenta de que lo había dicho porque estaba loca por él y creía que él no quería saber nada con ella, pero otro suceso llamó aún más la atención. Aquel joven dirigió la representación de pequeñas escenas, con decorados y vestuario suyos, que han entrañado para el arte contemporáneo una revolución al menos semejante a la representada por los Ballets Rusos. En una palabra, los jóvenes más autorizados consideraron sus obras capitales, casi geniales, y, por lo demás, yo comparto su opinión, con lo que ratifico, para asombro mío incluso, la antigua opinión de Rachel. Las personas que lo habían conocido en Balbec, atento sólo a comprobar si el corte de los trajes de las personas que debía frecuentar era elegante o no, pasar todo el tiempo entregado al bacará, a las carreras, al golf o al polo, y sabían que en los estudios siempre había sido un desastre e incluso lo habían expulsado del instituto (para fastidiar a sus padres, había estado viviendo dos meses en la gran casa de citas en la que el Sr. de Charlus había creído sorprender a Morel) pensaron que tal vez sus obras fueran de Andrée, quien por amor quería cederle la gloria o que —más probablemente— pagaba con su gran fortuna personal, tan sólo mermada ligeramente por sus locuras, a algún profesional, genial y menesteroso, para hacerlas (pues esa clase de sociedad rica —no desbastada por la frecuentación de la aristocracia y que no tiene la menor idea de lo que es un artista, quien, para ellos, es tan sólo ora un actor al que encargan recitar monólogos para los esponsales de su hija y entregan en seguida su remuneración discretamente en un salón contiguo ora un pintor en cuya casa la hacen posar, una vez casada, antes de que tenga hijos y cuando aún está de lo más presentable— cree de buen grado que todas las personas de la alta sociedad que escriben, componen o pintan, encargan sus obras a otros y pagan por tener fama de autor, como otros para obtener un escaño de diputado), pero todo ello era falso y aquel joven era, en efecto, el autor de aquellas obras admirables. Cuando lo supe, no pude por menos de vacilar entre diversas suposiciones: o bien había sido, en efecto, durante muchos años el «bruto basto» que parecía y algún cataclismo fisiológico había despertado en él el genio adormecido, como a la Bella Durmiente del Bosque, o bien en aquella época de su retórica tempestuosa, de sus calabazas en el bachillerato, de sus grandes pérdidas en el juego en Balbec, de su miedo a montar en el tren-tranvía con fieles de su tía Verdurin por la horrible forma de vestir de éstos, era ya un hombre genial, tal vez despreocupado de su genio, por haberlo dejado, como la llave, bajo la puerta con la efervescencia de las pasiones juveniles, o bien era incluso un hombre genial ya consciente y tan atrasado en clase, porque, mientras el profesor decía trivialidades sobre Cicerón, él leía a Rimbaud o a Goethe. Cierto es que nada hacía suponer esa hipótesis, cuando yo lo conocí en Balbec, donde sus preocupaciones me parecieron versar sólo sobre la idoneidad de los caballos de carreras y la preparación de cócteles, pero se trata de una objeción irrefutable. Podía ser muy vanidoso, cosa que no está reñida con la genialidad, e intentar brillar del modo que consideraba más apropiado para deslumbrar en el ambiente en el que vivía y que en modo alguno era el de demostrar un conocimiento profundo de Las afinidades electivas, sino conducir una yunta de cuatro. Por lo demás, no estoy seguro de que —ni siquiera cuando hubo llegado a ser el autor de esas hermosas obras tan originales— le hubiese gustado mucho, fuera de los teatros en los que era conocido, saludar a alguien que no fuese vestido de smoking, como los fieles al principio, cosa que no revelaría en él tontería, sino vanidad e incluso cierto sentido práctico, cierta clarividencia para adaptar su vanidad a la mentalidad de los imbéciles cuya estima le interesaba y para los cuales el smoking tal vez brille más que la mirada de un pensador. A saber si, visto desde fuera, determinado hombre de talento o incluso un hombre sin talento, pero que guste de los asuntos de la inteligencia —yo, por ejemplo—, no habría causado —a quien se lo hubiera encontrado en Rivebelle, en el hotel de Balbec, en el malecón de Balbec— el efecto del más perfecto y presuntuoso imbécil, sin contar con que, para Octave, los asuntos del arte debían de ser algo tan íntimo, tan encerrado en los más secretos pliegues de sí mismo, que seguramente no se le habría ocurrido hablar de ellos como lo habría hecho Saint-Loup, por ejemplo, para quien las artes tenían el mismo prestigio que las yuntas para Octave. Además, podía tener la pasión del juego y, según dicen, la ha conservado. Aun así, si la piedad que hizo revivir la obra desconocida de Vinteuil salió del medio, tan turbio, de Montjouvain, no menos me asombró pensar que las obras maestras tal vez más extraordinarias de nuestra época no procedieran del Premio Nacional de Bachillerato, de una educación modélica, académica, a lo Broglie, sino de la frecuentación de las zonas de pesaje de caballos y de los grandes bares. En todo caso, en aquella época las razones que me movían en Balbec a desear conocerlo y a Albertine y a sus amigas a procurar que así no fuese eran igualmente ajenas a su valor y sólo habrían podido poner de relieve el eterno malentendido de un «intelectual» (representado en aquel caso por mí) y de la alta sociedad (representada por la panda) respecto de una persona mundana (el joven jugador de golf). Yo no presentía en modo alguno su talento y, para mí, su prestigio —del mismo tipo que en otro tiempo el de la Sra. Blatin— consistía en ser, dijeran ellas lo que dijesen, el amigo de mis amigas y más de su panda que yo. Por otra parte, Albertine y Andrée —quienes con ello simbolizaban la incapacidad de los miembros de la alta sociedad para formular un juicio válido sobre los asuntos de la inteligencia y su propensión a aceptar en ese ámbito falsas esperanzas— no sólo no distaban de considerarme estúpido, porque sentía curiosidad por semejante imbécil, sino que, además, los asombraba sobre todo que, puestos a elegir a un jugador de golf, me hubiera inclinado por el más insignificante. Si al menos hubiese querido hacer amistad con el joven Gilbert de Belloeuvre, muchacho que, fuera del golf, tenía conversación, había tenido un accésit en el Premio Nacional de Bachillerato y componía versos agradables (ahora bien, era, en realidad, más idiota que nadie), podía pasar o, si mi objeto era «hacer un estudio», «para un libro», Guy Saumoy, que estaba completamente loco y había raptado a dos muchachas, era al menos un tipo curioso que podía «interesarme». Aquellos dos me los habrían «permitido», pero en el otro, ¿qué atractivo podía ver? Era el clásico «bruto inmenso», el clásico «bruto basto».


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