La fugitiva

La fugitiva

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En todo caso, de ser cierto, ahora se trataba de toda esa inútil verdad sobre la vida de una amante que ha dejado de existir y que vuelve a subir a la superficie desde las profundidades, que aparece, una vez que ya no podemos hacer nada por ella. Entonces (pensando seguramente en alguna otra a la que ahora amamos y con quien podría ocurrir lo mismo, pues de la que hemos olvidado ya no nos ocupamos), somos presa de la desolación. Nos decimos: «¡Si viviera!». Nos decimos: «¡Si la que vive pudiese comprender todo eso y que, cuando haya muerto, sabré todo lo que me oculta!». Pero es un círculo vicioso. Si hubiera podido lograr que Albertine viviese, por la misma razón habría hecho que Andrée no me hubiese revelado nada. Es un poco como el eterno «ya verás cuando ya no te quiera», que es tan cierto y tan absurdo, ya que, en efecto, si hubiéramos dejado de amar, obtendríamos mucho, pero que ya no nos interesaría obtener. Es incluso lo mismo enteramente, pues la mujer a la que volvemos a ver, cuando ya no la amamos, si nos lo cuenta todo, es que, en efecto, ya no es ella o ya no somos nosotros: la persona que amaba ha dejado de existir. También en ese caso ha pasado la muerte y lo ha vuelto todo fácil e inútil. Yo hacía aquellas reflexiones situándome en la hipótesis de que Andrée fuera veraz, cosa posible, y estaba dispuesta a sincerarse conmigo precisamente porque ahora manteníamos relaciones, por esa faceta Saint-André-des-Arts que al principio había tenido Albertine conmigo. En aquel caso la ayudaba haber dejado de temer a Albertine, pues la realidad de las personas sólo sobrevive para nosotros poco después de su muerte y, al cabo de unos años, son como esos dioses de las religiones abolidas a los que se ofende sin miedo, porque se ha dejado de creer en su existencia, pero que Andrée hubiera dejado de creer en la realidad de Albertine podía tener por efecto —además de haber dejado de temer traicionar una verdad que había prometido no revelar— inventar una mentira que calumniaba retrospectivamente a su supuesta cómplice. ¿Le permitiría esa ausencia de miedo revelar por fin, al decírmelo, la verdad o inventar una mentira, si, por alguna razón, me consideraba embargado de felicidad y de orgullo y quería apenarme? ¿Estaría irritada conmigo (irritación suspendida, mientras me había visto desdichado, desconsolado) porque yo había tenido relaciones con Albertine y me envidiaría tal vez —creyendo que yo me consideraba, por esa razón, más favorecido que ella— una ventaja que tal vez no hubiese obtenido ella ni deseado siquiera? Así, yo la había visto con frecuencia decir que tenían cara de muy enfermas a personas cuyo saludable aspecto —y sobre todo la conciencia que de ella tenían— la exasperaba y decir, con la esperanza de enojarlas, que, por su parte, se encontraba muy bien, cosa que no dejó de proclamar, cuando estaba de lo más enferma, hasta el día en que, con el distanciamiento de la muerte, dejó de preocuparle que los felices se encontraran bien y supieran que ella estaba muriéndose, pero ese día quedaba aún lejos. Tal vez estuviese irritada contra mí, sin que yo supiera por qué razón, así como en tiempos se había puesto furiosa con el joven —tan experto en asuntos deportivos y tan ignorante de todo lo demás— que habíamos conocido en Balbec y que más adelante empezó a vivir con Rachel y sobre el cual Andrée prodigaba expresiones difamatorias, con el deseo de ser procesada por denuncia calumniosa para poder expresar contra su padre acciones deshonrosas cuya falsedad no podría éste demostrar. Ahora bien, tal vez su rabia contra mí estuviera renaciendo, después de haber cesado por haberme visto tan triste. En efecto, a aquellos mismos a los que, con los ojos centelleantes de rabia, había deseado deshonrar, matar, contribuir a condenar, aunque fuera con falsos testimonios, dejaba de desearles nada malo y estaba dispuesta a colmarlos de buenas acciones, si se enteraba de que estaban tristes, humillados. Es que no era fundamentalmente mala y, si bien su naturaleza no aparente, un poco profunda, no era la amabilidad que inspiraban al principio sus delicadas atenciones, sino más bien la envidia y el orgullo, su tercera naturaleza, más profunda aún, la verdadera, pero no del todo realizada, se inclinaba hacia la bondad y el amor al prójimo. Sólo, que —como todas las personas que desean substituir cierto estado por otro mejor, pero, al conocerlo sólo por el deseo, no comprenden que la primera condición para ello es la de romper con el primero— Andrée —como los neurasténicos o los morfinómanos que desearían ser curados, pero sin que se los privara de sus manías o su morfina, como los corazones religiosos o los talentos de artistas apegados al mundo que desean la soledad, pero no quieren aceptar que entrañe una renuncia absoluta a su vida anterior— estaba dispuesta a amar a todas las criaturas, pero con la condición de haber logrado primero no imaginarlas triunfantes y, por eso, humillarlas previamente. No comprendía que se debía amar incluso a los orgullosos y vencer su orgullo con el amor y no con un orgullo más fuerte. Es que era como los enfermos que quieren la curación mediante los propios medios que alimentan la enfermedad, que les gustan y, si renunciaran a ellos, en seguida dejarían de gustarles: como querer aprender a nadar y al tiempo mantener un pie en tierra.


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