La fugitiva

La fugitiva

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Hay ciertas desdichas que, como ciertas felicidades, llegan demasiado tarde, no cobran en nosotros toda la grandeza que habrían tenido algún tiempo antes: como la que significaba para mí la terrible revelación de Andrée. Seguramente, incluso cuando las malas noticias deben entristecernos, ocurre que con la diversión, el desarrollo equilibrado de la conversación, pasan por delante de nosotros sin detenerse y —ocupados con las mil cosas por responder, transformados por el deseo de gustar a las personas presentes, protegidos por unos instantes en ese nuevo ciclo contra los afectos, los sufrimientos que ha abandonado para entrar en él y que volverá a experimentar, cuando el corto hechizo se haya roto— no tenemos tiempo de recogerlas. Sin embargo, si dichos afectos, dichos sufrimientos, son demasiado predominantes, entramos simplemente distraídos en la zona de un mundo nuevo y momentáneo en el que, por mantenernos demasiado fieles al sufrimiento, no podemos dejar de ser quienes somos; entonces las palabras se comunican inmediatamente con nuestro corazón, que no ha permanecido al margen, pero desde hacía un tiempo las relativas a Albertine carecían ya —como un veneno evaporado— de su poder tóxico para mí. La distancia era ya demasiado grande; como un paseante que, al ver, por la tarde, un creciente lunar nebuloso en el cielo, piensa: «¡Eso es la inmensa Luna!», yo pensaba: «¡Cómo! Esa verdad que tanto he buscado y tanto he temido es sólo esas pocas palabras dichas en una conversación, ¡que ni siquiera puedo pensar del todo por no estar solo!». Después me cogía de verdad desprevenido, porque me había cansado mucho con Andrée. La verdad es que me habría gustado tener más fuerza para dedicarla a semejante verdad; seguía siéndome exterior, pero era porque aún no había encontrado un lugar para ella en mi corazón. Nos gustaría que se nos revelara la verdad mediante señales nuevas, no mediante una frase semejante a la que nos habíamos dicho tantas veces. La costumbre de pensar impide a veces experimentar la realidad, inmuniza contra ella, la hace parecer pensamiento otra vez. No hay idea que no entrañe su posible refutación ni una palabra que no entrañe la palabra contraria.


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