La fugitiva
La fugitiva El recuerdo de Albertine habÃa llegado a ser tan fragmentario en mÃ, que ya no me causaba tristeza y ya era tan sólo una transición a nuevos deseos, como un acorde que prepara cambios de armonÃa e incluso —descartada toda idea de capricho sensual y pasajero, dado que yo seguÃa fiel al recuerdo de Albertine— me sentÃa más contento de tener junto a mà a Andrée que si hubiera recuperado milagrosamente a Albertine, pues aquélla podÃa decirme más cosas sobre ésta de lo que sabÃa yo por ella misma. Ahora bien, los problemas relativos a Albertine seguÃan presentes en mis cavilaciones, mientras que mi cariño por ella, tanto fÃsico como moral, ya habÃa desaparecido, y ahora mi deseo de conocer su vida —por haber disminuido— era, en comparación, mayor que la necesidad de su presencia. Por otra parte, la idea de que una mujer hubiera tenido tal vez relaciones con Albertine ya sólo me inspiraba el deseo de tenerlas yo también con ella. Se lo dije a Andrée, mientras la acariciaba. Entonces, sin procurar ni lo más mÃnimo que sus palabras guardaran coherencia con las de unos meses antes, Andrée me dijo sonriendo a medias: «¡Ah, sÃ! Pero tú eres un hombre, por lo que no podemos hacer juntos las mismas cosas exactamente que hacÃa yo con Albertine». Y, ya fuera porque pensara que asà intensificaba mi deseo (con la esperanza de recibir confidencias que, como le habÃa dicho en una ocasión anterior, me gustarÃan sobre las relaciones que hubiera tenido una mujer con Albertine) o mi pena o que tal vez destruÃa una sensación de superioridad que podÃa atribuirme por haber sido el único en mantener relaciones con Albertine, añadió: «Ah, pasamos horas divinas las dos: era tan cariñosa, tan apasionada. Por lo demás, no sólo conmigo le gustaba obtener placer. En casa de la Sra. Verdurin habÃa conocido a un chico guapo, llamado Morel. En seguida se entendieron. Él se encargaba de camelar —por haber recibido de ella el permiso para obtener también su placer con ellas, pues le gustaban las nenas novatas y, en cuanto las habÃa introducido por el mal camino, dejárselas a continuación— a pescadorcitas de una playa alejada, lavanderitas, que se enamoriscaban de un joven, pero no habrÃan respondido a las insinuaciones de una muchacha. En cuanto la nena estaba bien sometida a su dominio, la llevaba a un lugar totalmente seguro, en el que la entregaba a Albertine. Por miedo a perder a aquel Morel, quien, por lo demás, participaba también, la nena obedecÃa siempre y, por lo demás, lo perdÃa, de todos modos, pues, por miedo a las consecuencias y también porque con una o dos veces tenÃa bastante, él se largaba dejando una dirección falsa. En cierta ocasión, tuvo la audacia de llevar a una, junto con Albertine, a una casa de citas en Couliville, en la que cuatro o cinco la tomaron juntas o sucesivamente. Era su pasión, como también la de Albertine, pero después ésta tenÃa unos remordimientos atroces. Creo que contigo habÃa dominado su pasión y aplazaba un dÃa tras otro la posibilidad de entregarse a ella. Además, su amistad contigo era tal, que sentÃa escrúpulos, pero era seguro que, si llegaba a separarse de ti, volverÃa a empezar. Abrigaba la esperanza de que la salvaras, de que te casases con ella. En el fondo, tenÃa la sensación de que se trataba de algo asà como una locura criminal y con frecuencia me pregunté si, después, tras haber provocado un suicidio en una familia, no se matarÃa ella misma. He de confesar que al comienzo de su estancia en tu casa no habÃa renunciado enteramente a sus juegos conmigo. HabÃa dÃas en que parecÃa necesitarlos tanto, que una vez, cuando habrÃa resultado tan fácil fuera, no se resignó a despedirse de mà antes de haberme tumbado junto a sà aquÃ, en tu casa. No tuvimos suerte, estuvimos a punto de ser sorprendidas. Aprovechó que Françoise habÃa bajado para un recado y tú no habÃas vuelto. Entonces apagó todas las luces —para que, cuando abrieras con tu llave, perdieses un poco de tiempo antes de encontrar el interruptor— y no cerró la puerta de su habitación. Te oÃmos subir, yo tuve el tiempo justo para arreglarme y bajar, precipitación muy inútil, pues por una increÃble casualidad tú te habÃas olvidado la llave y tuviste que llamar al timbre, pero, de todos modos, nos pusimos muy nerviosas y, para ocultar nuestro apuro, las dos, sin haber podido consultarnos, tuvimos la misma idea: fingir temer el olor de la jeringuilla, que, al contrario, adorábamos. Tú traÃas una larga rama de ese arbusto, lo que me permitió apartar la cara y ocultar mi turbación, pero no me impidió decirte, con una torpeza absurda, que tal vez Françoise hubiera vuelto a subir y podrÃa abrirte, cuando, en realidad, un segundo antes acababa de decirte la mentira de que acabábamos de volver de paseo y, a nuestra llegada, Françoise aún no habÃa bajado (cosa que era cierta), pero lo malo fue lo de apagar —creyendo que tenÃas la llave— la luz, pues temimos que, al subir, la vieses volver a encenderse o, al menos, vacilamos demasiado, y durante tres noches Albertine no pudo pegar ojo, por el miedo permanente a que desconfiaras y preguntases a Françoise por qué no habÃa encendido la luz antes de marcharse. Es que Albertine te temÃa mucho y a veces aseguraba que eras pérfido, malvado, y en el fondo la detestabas. Al cabo de tres dÃas, comprendió por tu calma que no se te habÃa ocurrido preguntar nada a Françoise y pudo recuperar el sueño, pero no volvió a reanudar sus relaciones conmigo, ya fuera por miedo o por remordimiento, pues afirmaba quererte mucho o tal vez amara a otro. En todo caso, nunca más pudo oÃr hablar de la jeringuilla sin ponerse como un tomate y pasarse la mano por la cara con la intención de ocultar su rubor».