La fugitiva
La fugitiva Su extrema ancianidad había debilitado la sonoridad de su voz, pero, en cambio, había infundido a su lenguaje, en tiempos tan marcado por la reserva, una auténtica intemperancia. Tal vez hubiera que buscar la causa en ambiciones para cuya realización ya no le quedaba demasiado tiempo —tenía la sensación— y que le infundían tanta mayor vehemencia y fogosidad o tal vez en que, al haber quedado apartado de una política en la que ardía en deseos de participar, creía, con la ingenuidad del deseo, lograr mandar al retiro, mediante las sangrantes críticas que dirigía contra ellos, a quienes estaba seguro de substituir. Así, vemos a políticos convencidos de que al gabinete del que no forman parte no le quedan ni tres días de vida. Por lo demás, sería exagerado creer que el Sr. de Norpois había perdido enteramente las tradiciones del lenguaje diplomático. En cuanto se hablaba de los «grandes asuntos», volvía a ser, como vamos a ver, el hombre al que hemos conocido, pero el resto del tiempo se desahogaba con éste o aquél mediante esa violencia senil de ciertos octogenarios que los lanza sobre mujeres a las que ya no pueden hacer demasiado daño.