La fugitiva
La fugitiva Pese a su desdén, al camarero le habría gustado saber lo que debía decidir respecto de la mesa e iba a pedir al ascensorista que subiera a informarse en su piso, cuando, antes de que hubiese tenido tiempo para hacerlo, recibió la respuesta: acababa de divisar a la señora anciana, quien entraba. Pese a la expresión de tristeza y fatiga que infunde el entorpecimiento debido a los años y pese a alguna clase de eczema, de lepra roja, que le cubría la cara, no me costó reconocer bajo su toca —con su saya negra confeccionada en donde W***, pero, para los profanos, semejante a la de una portera vieja— a la marquesa de Villeparisis. Quiso la casualidad que el lugar en que me encontraba yo, de pie, examinando los vestigios de un fresco, quedara, a lo largo de las hermosas paredes de mármol, detrás exactamente de la mesa en que acababa de sentarse la Sra. de Villeparisis.
«Entonces el Sr. de Villeparisis no tardará en bajar. En el mes que llevan aquí, no han comido ni una sola vez el uno sin el otro», dijo el camarero.
Yo me preguntaba cuál de sus parientes sería aquel con el que ella viajaba y al que llamaban Sr. de Villeparisis, cuando vi, al cabo de unos instantes, dirigirse hacia la mesa y sentarse junto a ella a su viejo amante, el Sr. de Norpois.