La fugitiva
La fugitiva «Mira, te he traído periódicos: el Corriere della Sera, la Gazzetta del Popolo, etcétera. ¿Sabías que se habla mucho de un cambio diplomático cuyo primer chivo expiatorio sería Paléologue, notoriamente insuficiente en Servia? Puede que sea substituido por Lozé y estaría por cubrir el puesto de Constantinopla, pero», se apresuró a añadir con acritud el Sr. de Norpois, «para una embajada de semejante envergadura y en la que resulta totalmente evidente que Gran Bretaña deberá tener siempre —ocurra lo que ocurra— el primer puesto en la mesa de las deliberaciones, sería prudente recurrir a hombres con experiencia, mejor equipados para resistir las trampas de los enemigos de nuestro aliado británico que diplomáticos de la joven escuela, quienes se tragarían ciegamente el anzuelo». La volubilidad irritada con la cual el Sr. de Norpois pronunció esas últimas palabras se debía sobre todo a que los periódicos, en lugar de pronunciar su nombre como les había recomendado él que hicieran, daban como «gran favorito» a un joven ministro de Asuntos Exteriores. «¡Dios sabe lo lejos que están los hombres de edad de ponerse —a consecuencia de no sé qué maniobras tortuosas— en el lugar de neófitos más o menos incapaces! He conocido a muchos de esos supuestos diplomáticos del método empírico que ponían todas sus esperanzas en un globo sonda que no tardé en desinflar. No me cabe duda de que, si el Gobierno tiene la falta de cordura de volver a poner las riendas del Estado en manos turbulentas, a la llamada del deber un novato responderá siempre: “Presente”. Pero ¿quién sabe si no ocurriría lo mismo el día en que fueran a buscar a algún veterano?» (¡y el Sr. de Norpois parecía saber muy bien a quién se refería!) «¿rebosante de saber y destreza? A mi juicio, cada cual puede tener su forma de ver las cosas, el puesto de Constantinopla no debería ser aceptado hasta después de haberse solucionado nuestras dificultades pendientes con Alemania. No debemos nada a nadie y resulta inadmisible que cada seis meses vengan a reclamarnos —mediante maniobras dolosas y en defensa propia, no sé qué finiquito— siempre expuesto por una prensa de paniaguados. Eso tiene que acabarse y, naturalmente, un hombre de gran valor y que ha demostrado sus aptitudes, un hombre que sería escuchado, por decirlo así, por el Emperador, gozaría de mayor autoridad que nadie para poner el punto final al conflicto».