La fugitiva
La fugitiva El caso es que el príncipe Foggi, quien pensaba pasar quince días en Venecia, volvió a Roma aquel mismo día y unos días después fue recibido en audiencia por el Rey a propósito de las propiedades que, como creemos haber dicho ya, poseía en Sicilia. El Gobierno vegetó más tiempo del que se pensaba. A su caída, el Rey consultó a diversos estadistas sobre el jefe que convenía dar al nuevo gabinete y después mandó llamar al Sr. Giolitti, quien aceptó. Tres meses después, un periódico contó la entrevista del príncipe Foggi con el Sr. de Norpois. Se transmitía la conversación tal como acabamos de reproducirla, con la diferencia de que, en lugar de decir: «El Sr. de Norpois preguntó con finura», se leía: «dijo con esa fina y encantadora sonrisa en él proverbial». El Sr. de Norpois consideró que «con finura» tenía ya una fuerza explosiva suficiente para un diplomático y que aquel añadido era, como mínimo, intempestivo. No había dejado de pedir que el Quai d’Orsay lo desmintiera oficialmente, pero éste no sabía cómo salir del apuro. En efecto, después de que se revelara la entrevista, el Sr. Barrère telegrafiaba varias veces en una hora a París para quejarse de que hubiera un embajador oficioso en el Quirinal y para transmitir el descontento que había habido al respecto en toda Europa. Aquel descontento era inexistente, pero los diversos embajadores eran demasiado educados para desmentir al Sr. Barrère, quien les aseguraba que todo el mundo estaba indignado. Como el Sr. Barrère sólo escuchaba su propio pensamiento, consideraba aquel silencio cortés una adhesión. En seguida telegrafiaba a París: HE ESTADO CONVERSANDO DURANTE UNA HORA CON EL MARQUÉS VISCONTI-VENOSTA, etcétera. Sus secretarios iban de cabeza.