La fugitiva
La fugitiva El príncipe, para que el marqués se sintiera cómodo y demostrarle que lo consideraba como un compatriota, se puso a hablar de los posibles sucesores, cuya tarea sería difícil, del Presidente del Consejo. Cuando el príncipe Foggi hubo citado más de veinte nombres de políticos que le parecían ministrables y que el antiguo embajador escuchó con los párpados entornados bajo sus azules ojos y sin hacer el menor gesto, el Sr. de Norpois rompió por fin el silencio para pronunciar estas palabras que durante veinte años iban a alimentar la conversación de las cancillerías y más adelante, cuando se las hubo olvidado, serían exhumadas por alguna personalidad que firmara con «Un informado» o «Testis» o «Machiavelli» en un periódico en el que el olvido mismo en que habían caído les brindaba la posibilidad de causar de nuevo sensación. Así, pues, el príncipe Foggi acababa de citar más de veinte nombres delante del diplomático, tan inmóvil y mudo como un sordo, cuando el Sr. de Norpois levantó ligeramente la cabeza y, con la forma como había redactado sus intervenciones diplomáticas más cargadas de consecuencias, si bien aquella vez con una audacia mayor y una brevedad menor, preguntó con finura: «¿Y nadie ha pronunciado el nombre del Sr. Giolitti?». Aquellas palabras hicieron caer la venda de los ojos del príncipe Foggi; oyó un murmullo celestial. Después el Sr. de Norpois se apresuró a hablar de esto y lo otro, dejó de temer hacer ruido, así como, cuando se ha terminado la última nota de un aria sublime de Bach, ya no se teme hablar en voz alta, ir a buscar la ropa al vestuario. Incluso recalcó aún más el corte, al rogar al príncipe que presentara sus respetos a Sus Majestades el Rey y la Reina, cuando tuviera ocasión de verlos, expresión de despedida que correspondía a lo que son al final de un concierto estas palabras gritadas: «El cochero Auguste de la Rue de Belloy». Ignoramos cuáles fueron exactamente las impresiones del príncipe Foggi. Seguro que estaba encantado de haber oído esta obra maestra: «¿Y el Sr. Giolitti? ¿Nadie pronunció su nombre?». Pues el Sr. de Norpois, en quien la edad había apagado o desordenado las cualidades más hermosas, había perfeccionado, en cambio, al envejecer, los «aires de bravura», así como ciertos músicos de edad, presa de la decadencia en todo lo demás, adquieren hasta el último día un virtuosismo perfecto para la música de cámara del que hasta entonces habían carecido.