La fugitiva

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Pero entonces pensé: «Quería a Albertine más que a mí mismo; ya no la quiero ahora, porque durante un tiempo he dejado de verla, pero mi deseo de no ser separado de mí mismo por la muerte, de resucitar después de la muerte, no era como el de no estar nunca separado de Albertine, seguía existiendo». ¿Se debería a que me consideraba más valioso que ella, a que, cuando la amaba, me amaba más a mí mismo? No, se debía a que, al dejar de verla, había dejado de amarla y no había dejado de amarme, porque mis vínculos cotidianos conmigo mismo no habían quedado rotos, como los que mantenía con Albertine, pero ¿y si hubiera ocurrido lo mismo con los que mantenía con mi cuerpo, conmigo mismo…? Desde luego, habría ocurrido lo mismo. Nuestro amor a la vida es una simple relación antigua de la que no sabemos librarnos. Su fuerza radica en su permanencia, pero la muerte que la rompe nos curará del deseo de inmortalidad.








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