La fugitiva

La fugitiva

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Yo no habría podido resucitar a Albertine, porque tampoco podía resucitarme a mí mismo, resucitar mi yo de entonces. La vida, conforme a su costumbre, que es la de cambiar la faz del mundo, mediante retoques minúsculos, pero incesantes, no me había dicho justo después de la muerte de Albertine: «Sé otro», pero, mediante cambios demasiado imperceptibles para permitirme advertir el hecho mismo del cambio, había renovado casi todo en mí, por lo que mi pensamiento estaba ya acostumbrado a su nuevo dueño —mi nuevo yo— cuando se dio cuenta de que había cambiado; éste era el que le interesaba. Mi cariño a Albertine, mis celos, se debían, como hemos visto, a la irradiación por asociación de ideas de ciertos núcleos de impresiones suaves y dolorosas, al recuerdo de la Srta. Vinteuil en Montjouvain, a los dulces besos que Albertine me daba en el cuello por la noche, pero, a medida que aquellas impresiones se habían debilitado, el inmenso campo de impresiones que coloreaban con un tono angustioso o dulce había recuperado los tonos neutros. Una vez que el olvido se hubo apoderado de algunos puntos dominantes de sufrimiento y placer, la resistencia de mi amor estaba vencida, había dejado de amar a Albertine. Intentaba recordarla. Había yo tenido un presentimiento exacto cuando, dos días después de la marcha de Albertine, me había sentido horrorizado de haber podido vivir cuarenta y ocho horas sin ella. Lo mismo había ocurrido cuando en tiempos había yo escrito a Gilberte pensando: «Si esto continúa dos años, habré dejado de amarla». Y, si bien cuando Swann me había pedido que volviera a ver a Gilberte, me había parecido la incomodidad de acoger a una muerta, en el caso de Albertine la muerte —o lo que yo había creído que lo era— había hecho la misma labor que en el de Gilberte la ruptura prolongada. La muerte actúa exclusivamente como ausencia. El monstruo ante cuya aparición se había estremecido mi amor —el olvido— había acabado efectivamente, como yo había creído, devorándolo. No sólo aquella noticia de que estaba viva no despertó mi amor, no sólo me permitió comprobar hasta qué punto había avanzado ya mi regreso hacia la indiferencia, sino que, además, le hizo experimentar instantáneamente una aceleración tan brusca, que me pregunté retrospectivamente si en tiempos la noticia contraria, la de la muerte de Albertine, no habría exaltado a la inversa —al rematar la labor de su partida— mi amor y retrasado su decadencia. Sí, en vista de que saber que estaba viva y que podía reunirme con ella me la volvía de repente tan poco preciosa, me preguntaba si las insinuaciones de Françoise, la ruptura misma e incluso la muerte (imaginaria, pero considerada real) no habrían prolongado mi amor, en vista de que los esfuerzos de terceros e incluso del destino para separarnos de una mujer contribuyen simplemente a apegarnos a ella. Ahora lo que ocurría era lo contrario. Por lo demás, intenté recordarla y, tal vez porque bastaba que hiciese yo una señal para tenerla conmigo, el recuerdo que me vino fue el de una muchacha ya bastante gruesa, hombruna, en cuyo marchito rostro se perfilaba ya, como un modelo, el de la Sra. Bontemps. Lo que hubiera podido hacer con Andrée u otras ya no me interesaba. Ya no padecía yo el mal que durante tanto tiempo había creído incurable y en el fondo habría podido preverlo. Cierto es que la añoranza de una amante y los celos supervivientes son enfermedades físicas por las mismas razones que la tuberculosis o la leucemia. Sin embargo, entre los males físicos se pueden distinguir los causados por un agente puramente físico y los que actúan en el cuerpo exclusivamente por mediación de la inteligencia. Sobre todo si la parte de la inteligencia que sirve de vínculo de transmisión es la memoria —es decir, si la causa está anulada o alejada—, por cruel que sea el sufrimiento, por profundo que parezca el trastorno causado en el organismo, raro es —en vista de que el pensamiento tiene una capacidad de renovación o, mejor dicho, una incapacidad de conservación de la que carecen los tejidos— que el pronóstico no sea favorable. Al cabo del mismo tiempo en que un enfermo de cáncer habrá muerto, raro es que un viudo, un padre, inconsolables no estén curados. Yo lo estaba. ¿Por aquella muchacha a la que volvía yo a ver en aquel momento tan gordinflona y que con toda seguridad había envejecido, como lo habían hecho las muchachas a las que ella había amado, había que renunciar a la resplandeciente muchacha que era mi recuerdo de ayer, mi esperanza de mañana (a la que nada podría yo dar como tampoco a ninguna otra, si me casaba con Albertine), a aquella «Albertine nueva», «en modo alguno como la han visto los infiernos», «sino fiel, orgullosa e incluso un poco salvaje»? Ella era ahora lo que Albertine había sido en tiempos: mi amor a ésta había sido simplemente una forma pasajera de mi devoción a la juventud. Creemos amar a una muchacha, pero sólo amamos en ella —¡ay!— esa aurora cuya grana refleja su rostro momentáneamente. Pasó la noche. Por la mañana devolví el telegrama al portero del hotel y le dije que me lo habían entregado por error y que no era para mí. Me contestó que, ahora que estaba abierto, habría problemas y más valía que me lo quedara; volví a metérmelo en el bolsillo, pero me prometí que haría como si nunca lo hubiera recibido. Había dejado definitivamente de amar a Albertine, por lo que aquel amor, después de haberse apartado tanto de lo que yo había previsto, a juzgar por lo que había sido mi amor a Gilberte, después de haberme hecho dar un rodeo tan largo y tan doloroso, acababa también —tras haber constituido una excepción— correspondiendo, exactamente como mi amor a Gilberte, a la ley general del olvido.


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